Como anillo al dedo

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Edmundo Jiménez Valest

Edmundo Jiménez Valest

Columna: El Hurón

e-mail: [email protected]

"No hay que permitir ni un segundo

que el poder gobierne con impunidad"

Carlos Fuente

Los rasgos mafiosos en la cultura política colombiana, son evidentes. La frustrada reforma a la justicia que los miembros del Congreso, con la complicidad de los "Honorables" Magistrados de las altas Cortes, pretendieron hacer, es una muestra de ello. Mandados, dádivas,, favores, entre ellos, se vieron ahí.

Parece ser ya un rasgo normal del sistema político colombiano que sus actores protagonistas-gobernadores-congresistas, miembros de los partidos políticos y de las altas Cortes y elites económicas- tejan imbricadas relaciones con las distintas mafias, entre ellas, las contra estatales y las paramilitares, que controlan, no sólo el negocio de las drogas y las armas, sino el de las mercancías que inundan los mercados formales e informales de las ciudades, los juegos de azar y los contratos de prestación de servicios en el sector estatal. Tanto se ha normalizado este tipo de relación, que gran parte de los colombianos han asumido que "así funciona la política", aunque otros se sienten hastiados con las innumerables piezas periodistas sobre para políticos: farcpolítica y Yidis política, las notarías, sobre los dineros de Agro Ingreso Inseguro; sobre los Sistemas de contratación entre el Estado y las empresas privadas. Y se sienten hastiados no precisamente porque las consideran repugnantes o inmorales, bien lo expreso una vez un ciudadano de esos que andan de a pie cuando dijo" hasta la sopa al almuerzo las noticias nos condimentan con una historia, que sabemos hace tiempo: que los gobernantes y los políticos están untados hasta el tuétano con los negocios de la mafia", y agregaba"¿ Y nos van a seguir martillando con el asunto?

Sin embargo, actualmente en Colombia se asiste a una fascinación, por el mundo mafioso recreado por piezas telenovelezcas y afirmado por el reating que las series de los canales privados, han obtenido; parece que en este país preocupara menos cómo la mafia ha terminado insertándose en los estamentos del Estado, transformando la institucionalidad y dirigiendo los distintos colectivos, que ver la opulencia y las excentricidades de los capos, los lugartenientes y sus mujeres, que atrapan la atención de todos los televidentes dejando de lado los excesos y sevicia con que han cometido sus crimines, así como la relación con periodistas, políticos y altos funcionarios públicos. Y como diría Roberto Saviano, autor de Gamorra, " La mafia parece moda, mientras el Estado es obsoleto"( Revista Semana de Abril de 2009)

La pregunta que asalta es sí en Colombia se asiste a la configuración de una "cultura mafiosa", sino también a una cultura política que, a la manera de caja de herramienta, se va cargando cada vez más de insumos, instrumentos, prácticas, símbolos y costumbres legados por los mafiosos y su mundo que pareciera ser más fácil de aprender que los tan anhelados republicanos valores éticos.

Efectivamente, se trata de una cultura política mafiosa que no sólo se construye, aprende y expresa en altas instancias de la política( elección, Congreso, Cortes, leyes,etc), sino en los históricos arreglos de la élite y en la institucionalidad formal con los "jefes" de la mafia, tan denunciada hoy día en los noticieros y ambientadas en las series de televisión. Una cultura política mafiosa que también se construye, aprende y expresa en la vida cotidiana, que anida en la subjetividad de los ciudadanos comunes y corrientes y que ha logrado hacer parte de las "representaciones simbólicas" con las que se siente, se vive y se actúa en política.

Cuando hablamos de cultura mafiosa se refiere a prácticas como sacar ventaja con el mínimo de esfuerzo, otorgar al dinero y al poder una supremacía que coloca en jaque las virtudes ciudadanas a incurrir en negocios ilegales; en suma, me refiero a procedimientos que promueve el facilismo, la trampa, el chantaje para el ascenso económico, social y político. Y, en las que además se acude al aniquilamiento del otro para acceder al poder con una sevicia que genera miedo y temor paralizante.

En el sistema político colombiano es comunes la financiación de campañas políticas con dineros provenientes del narcotráfico, la corrupción que implica la compra de votos, el desvío de los recursos, el enriquecimiento personal de quienes ocupan cargos públicos, el clientelismo expresado en el intercambio de favores y, aún más grave, la conversión de los derechos ciudadanos en prebendas.

La invitación, entonces, es a virar la mirada, dejando de lado, al capo o al político corrupto, y ubicando en el centro al ciudadano común, aquel que con su práctica ciudadana y representaciones, forma cultura política, y que con prácticas tramposas también reproduce los rasgos mafiosos en la cultura política.

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