La despedida

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Carlos Payares González

Carlos Payares González

Columna: Pan y Vino

e-mail: [email protected]

Cualquier despedida implica separación. Por regla general, una separación es dolor y nostalgia; es abandonar los recuadros que uno ha ocupado o recorrido; es tirar por el suelo parte de la vida. Cuando dicha vida ha sido grata, es aún mucho más doloroso.

Y esto es lo que siento al tener que decir adiós a la casa periodística EL INFORMADOR, a mis tercos lectores con los cuales mantuve una relación silenciosa y a los más de dos mil abonados que religiosamente recibían todas las semanas mi Pan y Vino. Fueron más los comentarios positivos y agradables recibidos que los comentarios molestos e incómodos, cosa que me parece muy normal porque siempre he detestado las unanimidades.

Fue hace catorce años cuando empecé a llevar esporádicos escritos a EL INFORMADOR. Primero los entregaba de manera escrita; luego los diskettes significaban la forma más avanzada de hacerlo. Y, finalmente, por medio del uso del internet, un mecanismo que transformó drásticamente la comunicación.

Fueron más de quinientas columnas en donde expuse mi punto de vista sobre temas diversos que hoy se me hace imposible recordarlos. Lo cierto fue que "instintivamente" todos los lunes o martes me sentaba ante mi computador para 'parir' un nuevo Pan y Vino.

Escribía sobre cosas que de verdad entusiasmaran. Y así fueron pasando los años y creciendo mi afecto por la casa periodística que me ofreció, sin preámbulo alguno, el honor de ser uno de sus afectos columnistas.

Extrañaré el pequeño detalle que siempre al terminar el año el periódico acostumbra enviar a sus columnistas, periodistas y colaboradores. Siempre recordaré y apreciaré el afecto que recibí de la familia Vives ante la cual siempre me dió una sensación de apoyo, aprecio y respeto mutuo.

Escribir para un público es siempre un riesgo del cual podemos salir chamuscados. Las palabras que solo son dichas se las lleva el viento, pero las que uno escribe… quedan para mucho tiempo. Siempre serán susceptibles de que alguien las encuentre y pase 'cuenta de cobro' o una bendición. Escribir es, por lo tanto, la más nítida obra de paternidad.

necesidad de prueba genética. Basta con la firma. A perpetuidad. O al menos por meses, años, siglos, etcétera. Cuando uno escribe camina sobre el filo de una cuchilla. Por eso escribir es un acto responsable. Ante cualquier reclamo por algo mal dicho son pocas las posibilidades para lograr una excusa o evasión. Me atrevo a decir que escribir siempre es un ejercicio de libertad responsable.

A mis lectores, todo mi agradecimiento. A muchos los aprecié sin conocerlos, porque en una sociedad en donde todo el mundo anda corriendo, tiene un valor especial que existan personas que aún leen lo que otros escribimos. A aquellos que gentilmente expresaron en público y en privado sus comentarios, mil gracias. A Verónica Meléndez, mi esposa, que gentilmente me ayudaba a "equilibrar" mis columnas, mil gracias.

En mi Pan y Vino siempre expresé lo que pensaba. De manera discreta y sin exabruptos para no mortificar la estética de un periódico liberal que ha luchado por décadas para sobrevivir. Lo que escribía tenía para mí sentido solo si estimulaba la crítica y la creatividad. No me tembló la mente para señalar los muchos defectos y las escasas virtudes de nuestra sociedad.

Donde está limitada la libertad del habla, no fueron pocos los momentos donde uno siente preo-cupación o miedo. Pero la palabra, cuando es auténtica, no puede retroceder ante lo que se disgusta con la verdad. Mi Pan y Vino fue un acto de liberación. De indignación y resistencia. También de humanismo. De amor por el prójimo más sufrido.

Vendrán tal vez otros momentos en los que volveremos a estar juntos. Me resignaré a perder a mis amigos que no conocí. Sin mi columna estaré más lejos. De todas maneras, mil gracias a los que me permitieron decirle al pan, pan y al vino, vino. Salud y fuerte abrazo.

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