Honor al arte de enseñar

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Escrito por:

Carlos Payares González

Carlos Payares González

Columna: Pan y Vino

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Al margen de las almibaradas celebraciones y declaraciones que se acostumbran para el día del maestro, considero que una de las labores misionales más complejas e importantes en la humanidad es la del arte de enseñar. Por eso el maestro no puede ser bisoño.

No basta con el deseo o el afán de un enganche laboral sino que se ha de tener capacidades y valores para poder educar a niños, niñas y jóvenes. La labor del maestro es un acto pleno de civilización porque se encarga de "transportar" y "transmitir" un copioso legado cultural, obra de incontables generaciones.

Los maestros son como "genes artificiales" que nos permiten conocer lo que fuimos, lo que somos y lo que seremos. Si no existiesen maestros no hubiese la posibilidad de que surgieran en las sociedades científicos, políticos y creadores artísticos. Nada de la cultura se trae en los genes auténticos que determinan las características naturales de nuestra especie. Nadie nace inteligente ni sabido.

Sin embargo, el maestro no tiene, por regla general, la consideración social que se merece. No existe una correspondencia entre la alta responsabilidad social que se le demanda al maestro y el trato que éste recibe por parte del Estado y de una parte de la sociedad. A pesar de todos los defectos que pueden hoy imputársele a la educación (hecho perceptible en toda la sociedad), la cosa no está en peor circunstancia gracias a que existen maestros y maestras enseñando a lo largo y ancho del país lo que apropiadamente se debe enseñar.

Pienso que es precisamente por el desmérito inmerecido que han tenido que recurrir a formas organizacionales con el ánimo primario de que sus voces sean escuchadas y que la educación pertenezca realmente a los miembros de las comunidades educativas. Todo parece indicar que es bien cierto que no puede concebirse en algún lugar del mundo una educación sin maestros o maestras. Otra cosa es que detrás del debido papel sindical se han acuñado ciertos modelos parasíticos que han convertido la labor del gremio en manera placentera de vivir.

Para todo maestro es una imperiosa obligación estarse renovando permanentemente. El conocimiento de las ciencias es tan dinámico que vive reinterpretándose según los procesos evolutivos de la sociedad.

El papel del maestro es el de enseñar para un buen vivir; para que todos desentrañemos el Universo permitiéndonos actuar sobre la realidad de manera consciente y racional. El maestro no debe estar para preservar manifestaciones retrógradas, irreflexivas y dogmáticas. El dogmatismo o cualquier forma de fundamentalismo no puede ser carta de presentación del maestro.

Ni puede profesar un mohoso conservadurismo que lo lleve a estar predicando que "todo tiempo pasado fue mejor" y que "los muchachos de ahora no valen la pena, en cambio los de antes…". En este caso, es más el daño que le hace a la sociedad que el bien que considera preservar. Aunque los maestros tienen vivido un pasado, deben formar a niños, niñas y jóvenes para un futuro. Por eso tiene que ser un visionario que leva siempre el ancla de intelectual.

Una persona que vive de enseñar tiene que estar abierta siempre a nuevos conocimientos. Un maestro que siempre enseña o repite lo mismo a sus estudiantes no merece ser un maestro. Así de sencillo. Es por eso que los maestros no solo deben rendir cuentas a sus inmediatos superiores sino a toda la sociedad que los demanda y los sostiene. Aunque en algunos casos más bien los aguanta.

La labor educativa no es un acto de autismo ni de hipnotismo; ni pertenecen los maestros a un reino aparte protegido por una caja de cristal. Lo primero que tiene que entender un maestro es que debe existir una relación fluida entre la administración, la sociedad y los maestros para que no camine la sociedad por un lado y los maestros por otro.

El maestro se encarga de educar a la gente de acuerdo con la orientación que la sociedad decida darle en cada momento. No se puede educar en abstracto. Se educa para intentar mejorar la sociedad y crear personas capaces de vivir en ella. Con sabiduría en vez de superstición. Los objetivos de la educación en cualquier parte del mundo deben ser una preocupación pública o ciudadana. Una mala educación no mata a nadie, pero enferma. La sociedad debe entender que tiene que ser la conciencia crítica de la educación. El maestro debe ser el agente que pone en práctica lo que las ciencias nos han propuesto o teorizado.

Debe haber siempre algún mecanismo de interacción con los padres, con las autoridades docentes, etc., para saber y evaluar las tareas que se están realizando con racionalidad, aunque los resultados de la labor del maestro y de la educación se observen a largo plazo. No se puede, de un día para otro, determinar el éxito que ha tenido la enseñanza o la orientación de los maestros.

Los maestros siempre enseñan. Para bien o para mal. Por eso lo que hay que concertar es qué deben enseñar o qué necesitan enseñar. De esta manera el maestro cumple con su esfuerzo pero… serán siempre los estudiantes los que deben aprender. El maestro siempre será un personaje insustituible porque solo un humano puede educar a otro humano.

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