Mi hijo estudia en la mejor universidad del país (parte 2)

Columnas de Opinión
Tamaño Letra
  • Font Size

Escrito por:

Jesús Dulce Hernández

Jesús Dulce Hernández

Columna: Anaquel

e-mail: ja.dulce@gmail.com

Antes de continuar con esta segunda parte del artículo, quiero agradecer a todas aquellas personas que expresaron su opinión sobre el mismo.

Recibí e-mails, chats en el Blackberry, mensajes en mi cuenta de twitter @jesusdulce, comentarios en mi blog y hasta me enteré que un amigo escribió un texto corto a raíz de este artículo, lo cual me genera una enorme satisfacción personal.

Entre los que me escribieron quisiera resaltar la comunicación de una estudiante de décimo semestre de economía de los Andes, cuyo nombre me reservo por obvias razones, quien tuvo la valentía de confiarme su historia, no en vano plagada de una profunda tristeza y amor a la vez por su Alma Mater, con la que confirmaba una vez más mi hipótesis sobre la cuestionada estructura del modelo educativo uniandino.

Con esta continuación, sin embargo, no pretendo generar impresiones amarillistas en los lectores y sí en cambio dar un poco en el talón de Aquiles de este llamativo problema.

Como alcancé a comentarles en la edición anterior, hace poco leí un libro de William Ospina que me motivó a escribir sobre este asunto. El manuscrito se titula: "La lámpara maravillosa: cuatro ensayos sobre la educación y un elogio sobre la lectura" publicado por RandomHouseMondadori y lo encontré por casualidad en la reciente Feria del Libro en Bogotá, entre otras, a muy buen precio.

Ospina, que se ha caracterizado por dejar siempre en sus novelas y escritos unos notables mensajes de reflexión, empieza por recordarnos que incluso desde los tiempos del Imperio Romano, el poder del ejemplo (bien sea de políticos, padres, maestros o sacerdotes) lleva en sí un peso pedagógico de gran valor para la sociedad. En ese sentido, hace notar cómo el poder del ejemplo de hoy lo tienen los medios de comunicación, cuyo propósito principal no viene a ser pedagógico sino comercial.

Así las cosas, la primera esperanza de los ciudadanos se vuelca hacia el sistema escolar, pretendiendo que sea éste quien resuelva y resista, en palabras de Ospina, la mala fiebre de información irresponsable y pasatiempos dañinos de nuestros jóvenes.

Este escritor colombiano enfatiza en que, al parecer, estamos excesivamente contagiados de la lógica norteamericana que divide a los seres humanos en ganadores y perdedores; en que nuestra sociedad está viciada por el ímpetu de la modernidad que nos ha inculcado un sistema de valores competitivo en el que el individuo siempre prevalece sobre el grupo. Llega incluso a plantear lúcidas y llamativas preguntas como: ¿Por qué el hecho de que un compañero se copie de otro tiene que catalogarse como una transgresión al sistema? ¿No es acaso la recursividad una virtud que debiera ser contemplada dentro de los ítems a calificar? ¿Consiste el saber sólo en el hábito de memorizar? ¿Está acaso la educación hecha sólo para competir buscando individuos superiores y no para colaborar y convivir… Para ser felices?

Borges, al igual que los sabios de la antigüedad, afirmaba que el diálogo servía para llegar a la verdad y el hecho de saber quién tenía la razón era lo de menos. Hoy, no obstante, la realidad educativa nos empuja al abismo contrario. Los profesores no son conscientes del poder que tiene su ejemplo y mucho menos de sus métodos. Miden a sus alumnos sólo por el resultado y no por el proceso. Viven en una especie de abulia docente que los impulsa a producir un conocimiento uniformado y mediocre y, bajo una educación así, es imposible que la gente no esté inclinada cuando menos a responder siempre lo mismo.

Me contaba la estudiante uniandina que, en su opinión, el poco tiempo que los catedráticos dedican a personalizar la educación obedece a la exigencia que la misma universidad tiene sobre estos, cuando los presionan regularmente a investigar y, más aun, a publicar sus estudios con el ánimo de aumentar los estándares de medición académica trazados por normas de calidad que nadie sabe quién se inventó, ni a dónde nos llevan. Esto hace que nadie, absolutamente nadie, se preocupe por el estudiante, por su rumbo, por su calidad de vida, por sus intereses particulares, por su humanidad. Y no señores, otorgar becas a personas de escasos recursos no es suficiente.

Así mismo, otros estudiantes me manifestaron su inconformidad frente a lo que yo denomino "el imperio del código". Los estudiantes ingresan a la universidad y de inmediato dejan de ser María Fernanda, Ricardo, Tatiana, para llamarse código 20120123, 20120124 y 20120125. Al parecer ningún directivo se interesa por saber si 20120123 fue víctima de una violación, o si los padres de 20120124 se están divorciando y las consecuencias que esto genera. Lo curioso es que en el momento en que 20120124 se suicida, la única que puede revelar el nombre de la víctima, a parte de sus compañeros, es la base de datos de la Universidad. Bien valdría la pena preguntarse si los $11.240.000.oo que cuesta la matrícula en Los Andes merecen el esfuerzo de un padre que entrega un hijo y le devuelven un código, un jeroglífico cuya interpretación se escapa incluso a los mismos progenitores.

¿Qué pasa entonces cuando nos preguntamos qué papel juega en el sistema educativo la felicidad del individuo? ¿Qué rol desempeñan profesores y padres (no los curas) en este camino? Tal parece que estas inquietudes se resuelven con recreos y partidos de fútbol y no con la esencia misma de la educación, pues en las aulas, donde los estudiantes pasan el 80% del tiempo, la felicidad simplemente no existe.

Publicidad