Y callaron los cañones

Columnas de Opinión
Tamaño Letra
  • Font Size

Escrito por:

Alvaro González Uribe

Alvaro González Uribe

Columna: El Taller de Aureliano

Web: http://eltallerdeaureliano.blogspot.com

Vivir en una ciudad cargada de historia es fascinante si se despliega la mente al acecho del más mínimo detalle, y no solo fascinante ante la presencia de los lugares donde ocurrieron los hechos para imaginarlos, sino también porque es delicioso el juego de entremezclar el pasado y el presente.

No es tan loco el juego ante la relatividad (me da vergüenza anteponer "teoría"), pues al fin y al cabo el pasado también fue presente y simultáneamente futuro de otro pasado, y el presente de hoy fue el futuro del pasado y a la vez pasado del futuro. Simplemente todos fueron, son y serán el instante, sin pasado ni presente ni futuro; son el tiempo puro, medido por los relojes, por las vueltas del sol y de la luna, por las mareas y por las lluvias.

Comprender ese tiempo neto es lo que permite el ameno juego de los hechos sin ayer ni hoy ni mañana, violando los números de los años y de los siglos, los inventos, la historia lineal y todas las transformaciones.

Es el juego de contrastar detalles del pasado, famosos o cotidianos, con los del presente. ¡Ah!, evocar, soñar y sobreponer imágenes mentalmente me produce reflexiones serias, divertidas, profundas o irónicas.

La semana pasada -o pudiera ser esta o la que viene- vi esa estampa en Santa Marta... En Santa Marta, totalmente Caribe, ciudad pequeña en donde el calor y el hambre del mediodía aún desocupan su centro y casi todos los sitios de trabajo, donde el almuerzo casero en casa y la siesta son imperdonables ¡carajo! porque son inteligentes los samarios; ciudad que a lo tropical suma la historia de América, propicia para un cazador de relatos atento.

Si, aquella imagen era extraña y evocadora a su manera: sol ardiente, calle y parque vacíos en el sopor de la una y treinta de la tarde, una moderna camioneta fúnebre solitaria parqueada al frente de la Casa de la Aduana donde velaron a Simón Bolívar hace 182 años. Me quedé esperando los tres cañonazos desde El Morro...

Ese carro mortuorio último modelo, impecable, más brillante aún por el sol vertical y dorado, elegante hasta para el muerto más célebre, solitario como olvidado por alguien o cuidadosamente puesto ahí por una gigante mano etérea. Esa Casa de la Aduana, dos pisos, paredes blancas, puertas, ventanas y balcones verdes, 1530, la primera residencial en América construida en mampostería. Y ese pasado de hace 182 años con mi General ahí quieto, frio en el calor hirviente, recién desocupado el último hálito de su pulmones derrotados.

Ese automóvil fúnebre, ocre con efecto cromado, podía ser una carroza mortuoria de caballos, qué más da; y la carroza mortuoria pudo haber sido un carro moderno ocre con efecto cromado, qué más da; y el silencio de la Casa de la Aduana hoy cerrada podría ser roto por el murmullo repetido e ininteligible de un velorio: gente entra, gente sale, coronas, corrillos de señores de negro en la acera.

Miro hacia el mar en dirección a El Morro y veo al islote quieto y mudo. No hay tres estruendos de honras fúnebres, no hay cañones españoles…, pero hay historia y la historia es, no fue. La historia de aquel diciembre de 1830 no eran esos cañonazos, ni ese velorio ni esa carroza porque todo eso era presente, y hoy sí, hoy sí es historia y por tanto, es.

Eso está pasando hoy como historia, que al fin y al cabo dura más como tal que como presente, si es que también no es ya pequeña historia este presente que acaba de pasar. Transcribo lo que estoy leyendo en la placa empotrada encima de la gran puerta a dos alas de la Casa:

"En el piso alto del tramo occidental de esta casa permaneció expuesto en capilla ardiente el cadáver del Libertador del 17 al 20 de diciembre de 1830".

Eso dice la placa, y ahí debe estar mi General. No entro, está cerrado, y no es necesario, me basta mi imaginación que nunca me engaña porque nada tiene que ver con los sentidos que a veces sí me fallan.

Publicidad