Contar la vida: entre la ciencia y la ficción

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Escrito por:

Jesús Dulce Hernández

Jesús Dulce Hernández

Columna: Anaquel

e-mail: ja.dulce@gmail.com

Hay días, como este, en los que se me da por escribir. Uno puede escribir muchas cosas: un cuento, una novela, una nota para pegar en la nevera, un cheque (ojalá con fondos), un testamento, una carta.

Cualquiera de estos espacios textuales suelen tener vida propia, un llamado explícito o una vocación de uso práctico, y por esto cada uno de ellos amerita un tratamiento y una metodología diferente.

Así, mientras creemos saber a la perfección cómo dirigirle una carta a un ser querido, cómo dejar en la puerta de la nevera un mensaje que diga "el postre de natas es para la cena" o cómo escribir un testamento, aún sin tener un quinto en qué caerse muerto, cuando nos dicen ¡escriba una novela! la mayoría no sabemos cómo empezar.

Pues bien, aunque no he escrito este artículo para hacer una síntesis metodológica sobre cómo escribir novelas, sí quiero compartir con ustedes las enseñanzas de uno de los novelistas contemporáneos más renombrados desde finales del siglo XX: Umberto Eco.

Este Italiano, doctor en filosofía y letras en 1954 por la Universidad de Turín, se convirtió en afamado escritor literario en 1980, con una novela histórica que al poco tiempo de ser publicada se convirtió en un éxito del mundo editorial, llegando incluso a ser representada en el cine. El nombre de la rosa sigue siendo, después de treinta años, uno de esos títulos que la humanidad no solo ha leído sino que además ha decidido guardar con él.

Hace algunos días, una amiga que vive en Ecuador me trajo de regalo un libro que consiguió en una de las librerías Mr. Books, en Quito. Alguna vez le había comentado sobre lo difícil que era encontrar una buena (quiero decir respetable) guía literaria para elaborar una novela; algo que más allá de decirme cómo titular, subtitular o hacer uso de herramientas gramaticales, pudiera ilustrar el fondo del camino para la elaboración de la misma.

El libro se titula "Confesiones de un joven novelista", escrito precisamente por Umberto Eco y publicado por editorial Lumen en su versión castellana hasta hace apenas seis meses. En él, Eco nos hace una muy amena introducción sobre su experiencia como novelista y nos inserta en la construcción de un mundo narrativo tendiente a marcar el éxito de las historias.

Según Umberto Eco, a diferencia de las obras científicas, las novelas permiten representar la vida con todas sus contradicciones. Por eso, la narración no deberá nunca ser algo superfluo sino profundo, en la que cada circunstancia, cada experiencia, pueda verse representada e identificada plenamente con quien la lee.

De acuerdo con Eco, no existe una fórmula determinada para escribir una novela, "los escritores cursis y sentimentales usan fórmulas precisas para que sus lectores le encuentren solución a sus textos, con lo que pretenden únicamente ofrecer consuelos vulgares". Y yo que pensaba encontrar la receta mágica…

Sin embargo, aunque no exista una secuencia sine qua non para lograr el éxito, el autor de El nombre de la rosa nos da unas pautas claves para salvar nuestros escritos del fracaso. Umberto Eco hace notar que para un escritor, para un artista, ningún objeto, ningún encuentro inopinado con los soportes y ornamentos del mundo pasa desapercibido ante sus ojos. De hecho, son muchas las veces en que estos encuentros dan inicio y forma, a veces de manera inconsciente, a esos diamantes artísticos con los que se recrea la mente humana.

Como ejemplo de ello, nos cuenta cómo una de las líneas narrativas de la novela El nombre de la rosa, en la que se presenta el caso de un monje que ha sido envenenado en la Edad Media, pueda ser quizá el recorderis de una experiencia que tuvo a los dieciséis años cuando visitó un monasterio benedictino en Subiaco y, mientras entraba en una oscura biblioteca medieval, encontró el Acta Sanctorum. Esa imagen, dice el escritor italiano, fue la imagen fecunda de su novela.

Otro de los puntos clave para construir una buena historia es el dominio del tema y del espacio donde se desarrolla. <> menciona Umberto Eco en los inicios del libro que hoy nos ocupa, <>.

En esa medida, cuando una persona quiere empezar a narrar una novela es fundamental que conozca tanto la temática que se aborda, como el mundo físico y espiritual en el que se desarrolla. Mejor dicho, si no sabe cómo empezar, dibuje un mapa del lugar donde se desenvuelven los personajes y recórraselo de par en par.

Por otra parte, en Confesiones de un joven novelista se plantea una disyuntiva fenomenal en la vida de las novelas, sobre todo las históricas. Citando a Dumas, Eco nos dice: "crear personajes que matan a los de los historiadores es privilegio de los novelistas. El motivo es que los historiadores evocan a simples fantasmas, mientras que los novelistas crean a personas de carne y hueso".

Así, y para acercar nuestra interpretación al caso colombiano, mientras muchos de nosotros viviremos siempre con la convicción de que personajes como el coronel Aureliano Buendía y Santiago Nassar existieron, porque los hicimos parte de nuestro imaginario colectivo, también podríamos vivir dudando de la existencia real de figuras históricas como la de María Magdalena o Cleopatra.

Este ulular itinerante entre las afirmaciones históricas y las de ficción me ha llamado la atención, teniendo en cuenta la proliferación de novelas históricas y best sellers recientes en las que se mezclan dos tipos de verdades: de dicto (es decir aquellas que provienen de la expresión y la semiótica -texto-) y de facto (las que nacen del contenido y de los hechos). Ejemplo de este tipo de obras es, sólo por mencionar una reciente, El Código Da Vinci.

Así las cosas, mientras afirmar que al Coronel Aureliano Buendía lo iban a matar frente al pelotón de fusilamiento es una verdad de dicto (pues hace referencia a lo expresado en el texto de García Márquez), nos convencemos de que el afirmar que María Magdalena fue una meretriz que luego se convirtió al Cristianismo es una verdad de facto, aunque corresponda a hechos relatados por la Biblia (texto), los historiadores y las enciclopedias.

En ese sentido, Eco llega a la conclusión de que tanto las afirmaciones de ficción como las históricas, pueden considerarse verdades de dicto. Tanto los personajes de ficción como los históricos "aún viviendo en un mundo que depende parasitariamente del nuestro, no saben nada sobre nosotros".

Esta fórmula entre ficción e historia, aunque sirva para asombrarnos con sus relatos, permite a veces que la humanidad se quede con una versión de la historia más ficticia, pero más emocionante y, por qué no, más humana. Sin embargo, en mi opinión, hace necesario que su lectura se limite a un público más erudito, que sepa distinguir entre la historia como ciencia y la ficción como historia.

Confesiones de un joven novelista es una obra de obligatorio conocimiento, que permite dar algunas luces sobre lo que hemos considerado siempre una ciencia y también una ficción. Es también una muestra de que, como en el resto de las artes, la literatura requiere no solo de disciplina sino también de talento, pues nadie pone a un mudo a cantar o a un eunuco a enamorarse.

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