Demagogia promesera

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Carlos Payares González

Carlos Payares González

Columna: Pan y Vino

e-mail: [email protected]

¿Qué piensa usted del nuevo gobierno de Ciénaga? me pregunta uno de los lectores de Pan y Vino.

Aquí va mi respuesta: cuando escucho gente con la pretensión de adivinar el futuro (que todos los días se convierten en presente) no tengo más alternativa que ser bastante escéptico.

Si los problemas que nos agobian son realmente profundos y complejos, debemos entender que no basta entonces con un "ojalá le vaya bien" al nuevo gobernante que empieza para lograr el beneficio para todos.

No deja de ser un acto volitivo como cuando deseamos a todos "los jodidos de la faz de la Tierra" un feliz año nuevo. Por eso lo que deseo a un nuevo gobernante es tener "la cabeza fría" ante la realidad agobiante para no caer en la efusividad del principiante, cargada de toda clase de promesas o de buenos propósitos. Debemos tener claro que una cosa es una campaña electoral y otra cosa es ejercer el gobierno.

Cuando creemos que nuestros problemas y necesidades serán atendidos por una figura mesiánica, terminamos coincidiendo con la mentalidad del político engañoso o demagógico.

Nos esperanzamos, sin fundamento, que ahora sí llegará el cambio. Que atrás quedaron los malos gobernantes y las promesas incumplidas. Paradójicamente, nos quejamos de los políticos retorcidos pero nosotros manejamos un esquema mental parecido. No somos predictivos sino adivinativos. "Démosle tiempo para ver qué pasa". Somos quebrantables ante los cantos de sirenas; así de sencillo. "Homo mendax": la mentira viene acompañada de la inocencia y credibilidad. Para el politiquero las promesas se hacen para incumplirse.

Desde hace rato vengo diciendo que en sociedades decadentes una buena parte de la gente dispone de un dispositivo ideológico que la desconecta de toda adversidad y, por lo tanto, de toda resistencia o de toda capacidad crítica. Estas son, por desgracia, las dos caras de la evasión social: la negación de la realidad y, subsecuentemente, el repliegue de la identidad y la pertenencia social para la no actuación y quedar la gente en manos del mesianismo o del destino mismo.

Se propone entonces por parte de ciertos "enfermeros sociales" o "cosmetólogos" de la realidad, un mecanismo alucinante (evasivo) que se interpone entre la capacidad racional y la realidad que venimos padeciendo.

Un mecanismo que nos inmoviliza... que nos fataliza… que pretende una supremacía de cualquier tipo de mesianismo o de superstición (religiosa en veces) ante la crudeza de las leyes del universo.

Donde más se observa la decadencia de una sociedad es en el ámbito de la vida política: se ha llegado a la más absoluta incapacidad para aprender de las lecciones ofrecidas por la historia, lo que a veces lleva a pensar que la historia carece de algún sentido para muchos sectores de la sociedad... ¿Para qué entonces la historia si nos negamos a aprender de ella? Parodiando a Ernesto Sábato diré que cuando los pobres rodean con un silencio total al promesero, es como si estuviera ante un abismo tenebroso que los separa del resto del universo.

En mi tierra (la de la sal de espuma, del polvillo de carbón y de toda clase de redentores), los hechos parecen indicar que los políticos y los burócratas han sido 'condenados' por el destino para prosperar de manera histriónica, en tanto que los pobres han sido 'bendecidos' para una pesadumbre eterna. Por eso la desventura crece por doquier.

La dádiva embadurnada de presunta "sensibilidad social" actúa entonces como opiáceo.

La historia no es un recurso retórico como suele ocurrir en manos de los sátrapas y trásfugas. La historia es la "raíz" que distribuye la "sabia" de la experiencia y del dolor de nuestros pueblos por todas las "ramas" de la vida pública y privada.

La historia se despliega por todos los sueños entre los hombres en una sociedad que parece caminar a ciegas, esperanzada en una oportunidad que se niega a construirse por sí misma. Por eso amenizamos la llegada de los nuevos gobernantes con el deseo espontáneo de "buena suerte". La socorrida esperanza es el peor de los males, pues prolonga el tormento del hombre.

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