Ladrón que roba a ladrón…

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Carlos Payares González

Carlos Payares González

Columna: Pan y Vino

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Se difundió la noticia de que el Rey de Cienaguas había sido despojado de algunas pertenencias.

Se comentaba que una recua de randas había penetrado armada con espadas y lanzas a su fastuoso castillo para cargarse de joyas y monedas que había logrado amasar durante su gobierno por medio de contrataciones y la consabida 'mordedura' que aplicaba a toda cuenta que debía pagar a sus súbditos.

Había establecido una empresa para sanear al reino de Cienaguas de cuanta deuda existente. Sin embargo, tras el aplaudido propósito, terminó amasando una gran fortuna que le permitirá lograr la felicidad de los ricos durante el resto de su vida a costa de la inveterada miseria de los antiguos siervos.

Tal vez por eso algunos de sus súbditos escribieron en las paredes de su castillo el viejo refrán: Ladrón que roba a ladrón… ¡tiene cien años de perdón! Una justificación que se fundamenta en que el pensamiento popular que entiende que este tipo de acto es un castigo y un acto de justicia, tal cual era encarnado por el asaltante de ricos llamado Robin Hood. Algo así como darle a probar al médico de su propia medicina.

Para semejante despropósito de saquear el reino había establecido toda una cuadrilla de cómplices y aduladores. Quienes representaban los derechos de los menesterosos propalaban la idea de que nada se podía hacer contra el desmedido apetito del rey por el olor de las joyas y las monedas. Las primeras eran traídas de otros reinos cuando viajaba a tierras heladas sobre la Cordillera Oriental, en el cumplimiento de frecuentes visitas a otros gobernantes.

Había que "doblarse" para poder lograr el pago, recomendaban sus funcionarios de mascarón de cristal. A su vez, los corifeos de la época propalaban en la lectura de sus edictos lo bondadoso que era el rey porque saneaba las arcas ofreciéndonos un reino enfilado hacia el progreso y la felicidad.

Más de cien mil millones de maravedíes lograron pagar como un acto de bondad y de amor por la tierra. Vendrán ahora los ríos de mieles para todos, vociferaban los carigüetas y titiriteros del blanco Palacio Real. De esta manera, el rey, acompañado de su hermosa reina, se reía de todos. De sus enemigos y amigos. Sabía que algún día saldría por la puerta grande como cualquier torero de la madre España, convertido en un obeso magnate para poder comprar otros reinos en el futuro inmediato. Todo era cuestión de tiempo.

Hasta una sanción que desde hacía mucho tiempo venía en camino, solo logró comunicarse dos días antes del final de su pomposo reinado. Fue suspendido cuando todo terminaba. ¡Faena bien cumplida!

Todo empezaba y terminaba con las decisiones del Rey de Cienaguas. La seguridad, la felicidad y la prosperidad del reino estaban en sus manos. Su bondad ante los pobres estaba ligada a su sagacidad para engañar. En todo reino siempre habrá gente sin dignidad que vive con las manos tendidas y se conforma con lo que a ellas se le echa.

Tienen la naturaleza del perro que se acerca al lado del que tiene algo y no deja de mover la cola hasta que se le arroje el mendrugo. En cambio, el elefante, reconocido por su gran tamaño y fortaleza, no recibe la comida si no se le acaricia y halaga. En el reino de Cienaguas existen aún ciertos "representantes de los siervos" que hasta el último momento le agradecieron y asumieron la postura del perro ante los desafueros del rey.

Alguien escribió en una de las paredes del blanco Palacio Real que debido al estado ruinoso en que quedó el reino, llevará a todos a apretar el culo y darle duro a los pedales. Agregaba el grafiti que estamos en la justa mitad del calvario. Quizás, como dice ese otro refrán, Después de perdida la dignidad, la esperanza es lo último que se pierde… así que esperemos esperanzados (que no es lo mismo que amarrados) que los ladrones que nos asaltaron y fueron a su vez asaltados, terminen por enfrentar la justicia más pronto que tarde… la cola del pavo real, en la que residen sus encantos y belleza, se convierte en su desgracia cuando, perseguido, la necesidad de salvarse le exige agilidad y ella se lo impide. En ocasiones la astucia conduce al astuto a su propia desgracia. Las abominaciones del Rey de Cienaguas y la suerte infortunada de sus conciudadanos, no podrán pasar inadvertidas para la historia.

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