Crudo invierno en Colombia

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Escrito por:

Carlos Bustamante Barros

Carlos Bustamante Barros

Columna: Columna Caribeña

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Recuerdo como haz de luz en la noche oscura que en alguna oportunidad del pasado desde las caballerizas desuelas y desoladas de la campiña se escuchaban los relinchos desesperados del semental que asustado por los truenos quería reventar el cabestro que ataba su quijada a la pared pétrea e incolora del cobertizo inmundo que le servía de morada.

Para esas épocas el mundo era aún incipiente, el mes de octubre era esperado con ciertas prevenciones porque los inviernos aparecían rigurosos e intempestivos inundando con sus aguas corrientosas, campos, veredas, dando a traste con los cultivos de pan coger por lo cual era menester comenzar de nuevo el sembradío, dentro de la fe inclaudicable del campesino que nunca muere, sino todo lo contrario mantiene vivas sus esperanzas aún en las penurias, que lo impulsa a sortear los diferentes inconvenientes prodigados por la vida incluyendo los sortilegios de su propia suerte.

Las épocas invernales de aquel entonces hacen varios lustros atrás eran realmente crudos porque las lluvias torrenciales azotaban inclementes la naturaleza virginal, anegando de arcilla los caminos veredales que unían ciudades provinciales remotas sin nombre perdidas en los confines del mundo las cuales aparecían a la vera del camino como por arte de magia ofreciendo agua y gaseosas para mitigar la sed del incansable caminante.

También llega a la memoria como haz de luz los recuerdos de los buses de escalera en los que se viajaba (similar chivas rumberas actuales) los cuales para superar los lodazales del camino destapado empleaban cadenas de hierro trenzadas adheridas a sus llantas traseras evitando de ese modo que el vehículo se atascara de los jauses (trasmisiones), porque el temido invierno de la época lograba incluso rebasar con sus aguas corrientosas el techo del bus por lo cual había que esperar el advenimiento del verano para recuperarlo nuevamente, lo que nos da una idea más o menos certera de la parsimonia del mundo y de la vida en esos tiempos inmemoriales del mundo.

Sin embargo, con todo y parsimonia del mundo de hace varios lustros atrás durante y después del invierno, hay que señalar los encantos de la naturaleza fundidos en una sola pieza porque era posible despertar con la débil luz solar que se asomaba en el poniente, la algarabía de loros que volaban en desbandas surcando los cielos y las infaltables guacamayas que en su imponencia multicolor se alojaban en la tupida arboleda observando el trinar de la pajarera que feliz a orillas de riachuelo volaba sin rumbo fijo, luego calentaba su naturaleza emplumada con los destellos cálidos del astro rey, hasta aparecer nuevamente la lluvia pertinaz para tornar el firmamento grisáceo con nubarrones negros y cargados, formando tormentas tortuosas volviendo entonces la tarde triste de octubre invernal.

Hoy después de muchos años el invierno de antaño resurge con la misma fuerza e ímpetu inusitado agobiando comunidades enteras, ahogando el ganado, arruinando cultivos, razones estas que sitúan a la nación colombiana en un estado de emergencia, que en caso de decretarse por el Gobierno lo facultaría para adoptar decisiones inconsultas con las demás ramas del poder público con la finalidad específica de enfrentar el grave estado de emergencia social.

El Magdalena y por supuesto su capital Santa Marta no son ajenas a la suerte deparada por el crudo invierno que azota nuestro país, todo lo contrario está muy afectado por ese fenómeno natural razones por la cual las nuevas administraciones Departamental y Distrital que se acaba de elegir próxima asumir el mandato constitucional por tres años deberían asumir plan ambicioso jalonado recursos del Gobierno Nacional para enfrentar la emergencia invernal surgida, porque a los actuales mandatarios ya no les queda tiempo a pocos días de concluir su mandato o como solemos decir en nuestro lenguaje Caribe tienen el sol a sus espaldas tal vez para siempre en que cesa la soledad del poder.

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