Sierra, ciénaga, mar y río

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Alvaro González Uribe

Alvaro González Uribe

Columna: El Taller de Aureliano

Web: http://eltallerdeaureliano.blogspot.com

Son cuatro poderosos que conviven y se alimentan entre sí. Tengo la suerte de vivir al pie de las laderas de uno, en las orillas de otro y bajo la influencia de todos; la gran suerte de ver, sentir y oler lo que por fortuna queda aún, no por piedad de sus depredadores sino por la fortaleza milenaria de esos cuatro enormes, hoy héroes y quizás mañana mártires. Pero aunque cansada y lenta todavía opera su sinergia, pues el milagro, el instinto de la vida, se aferra a la última breña, al último testarudo hilo de agua.

La Sierra Nevada de Santa Marta, el mar Caribe, el río Magdalena y la Ciénaga Grande de Santa Marta. Cuatro hermanos adheridos y ligados que se necesitan y aman. Todo fue planeado como una simbiosis perfecta, una máquina precisa como reloj, hasta que el hombre entró a interferir en sus mecanismos y estropeó esos planes sabios.

Conduciendo primorosamente sus derretidas nieves por entre los pliegues de sus vestiduras, la Sierra surte a la ciénaga con su blanco penacho ya diluido y cristalino; el río también aprovisiona a la ciénaga e igualmente se regala en el mar Caribe.

Impulsado por su oleaje, el Caribe nutre a la ciénaga y también recibe amorosamente al río y a la misma ciénaga de vuelta; y la Sierra acoge y reúne en su cresta el agua evaporada de ambos para luego devolverla. Armonía total, trabajo perfecto, intercambio justo, proceso físico y químico inteligente, fábrica de vida.

Hoy no está funcionando bien. La corona nevada de la reina Sierra se derrite alocadamente por el calentamiento global que llaman, las aguas que bajan llegan a la ciénaga menguadas porque son absorbidas antes durante el trayecto y las que alcanzan a llegar se depositan intoxicadas de químicos y sedimentos. Al río le taparon casi todas sus entradas a la ciénaga, y cuando obstinado consigue penetrar, lo hace con el rescoldo de toda Colombia adentro que también emponzoña y empaña el gran espejo lagunar.

Al mar y a la ciénaga los divorciaron con una carretera-dique mal hecha, y hoy solo queda un paso difícil: la barra. Se perdió ese rico intercambio de aguas que formaba una pócima especial para la vida. El río desemboca lleno de sedimentos y basuras del país que se esparcen en el mar, y que este a su vez deposita en sus playas.

El agua de mar y de ciénaga que se evapora, y que antes conducida por las celestinas brisas montaba densas capas y capas de nieves en la cumbre de la Sierra, ya se dispersa y no se aglomera igual en lo alto, y la que llega se desprende inmediatamente resbalada por entre las cañadas ladera abajo para ser recogida ambiciosa y desmedidamente por los grandes agricultores interrumpiendo su camino vital.

Todo pues se rompe, se enemista la amistad, se bloquea el intercambio, y, claro, la vida. Qué triste historia la del planeta Tierra, resumida acá en estos cuatro colosos derrotados por una plaga de enanos mentecatos, autocoronados reyes de la creación, usurpadores, tiranos y suicidas de su especie.

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