La enfermedad del romanticismo

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Escrito por:

Jesús Dulce Hernández

Jesús Dulce Hernández

Columna: Anaquel

e-mail: ja.dulce@gmail.com

"En el año de 1888 el señor Von Pasenow tenía setenta años y había personas que, al verlo acercarse por las calles de Berlín, experimentaban una extrañeza e inexplicable sensación de desagrado, y llegaban incluso a afirmar, en su desagrado, que debía tratarse de un viejo malvado."

Así da inicio Hermann Broch al primer libro de su obra titulada "Los Sonámbulos", que en realidad se compone de tres textos: 1. Pasenow o el romanticismo; 2. Esch o la anarquía; y 3. Huguenau o el realismo.

En esta oportunidad, he querido reseñar el primero de esos textos maravillosos de principios de siglo XX, en el que el autor vienés le muestra al lector el letargo lejano de lo que dejaba atrás el siglo XIX y su romanticismo abrumador, pero además, y en permanente contraste, la cercanía contemporánea que llegaba con los nuevos tiempos.

Pasenow o el romanticismo, narra la historia de un teniente alemán llamado Joachim Von Pasenow, hijo de un anciano nada venerable (al que se refiere Broch en el párrafo inicial del libro que se ha enunciado antes). El viejo Pasenow representa la opresión del siglo que se acaba, es la manifestación perfecta del zumbido en los oídos que deja una época plagada de convencionalismos, tradiciones y orden de las cosas.

En contraposición al padre, está su amigo Bertrand, un excadete que ha abandonado la milicia para entregarse al mundo. Bertrand es la conciencia venidera del siglo XX, es la admiración de Joachim Von Pasenow y un ejemplo secreto a seguir.

Por su parte, Joachim ha cumplido con el destino que su padre le ha trazado: viste uniforme militar, escribe sagradamente a sus progenitores desde Berlín, donde vive, e intenta cumplir a cabalidad con los preceptos religiosos. Joachim es la encarnación de la incertidumbre entre ambas épocas, entre lo que se va, lo que se queda, y lo que viene.

Es un ser inseguro, tachado por los sentimientos, propios aún del romanticismo, pero también por la ironía y el temor que rebelan al alma cada vez que el hombre se siente amenazado por lo incierto.

Joachim entra a la escuela de cadetes casi en contra de su voluntad y, paradójicamente, encuentra un refugio en su uniforme. El uniforme representa "una rígida funda, en la que mundo y persona chocan viva y claramente entre sí y se distinguen uno de otra; la verdadera misión del uniforme es mostrar y establecer un orden en el mundo y rescatar lo que tiene la vida de fugitivo y efímero". De esta manera, se asume todo aquello que pertenezca al universo de lo civil, como un asunto de ropa interior, que no debe ser expuesto. Bertrand, haciendo gala de su personaje, ha rechazado el uniforme y ha asido lo civil de forma profunda y sincera.

Es el llamado a dejar atrás el conservadurismo indestructible con que arrastra el hombre decimonónico y, diría yo, el hombre eterno. Joachim, en cambio, vive con una temeridad permanente a ser arrastrado por lo civil, a verse desprotegido, desmedrado.

En esa duplicidad de caminos, aparecen dos mujeres que reflejan nuevamente la incertidumbre entre el ser y deber ser. Ruzena, una cabaretera bohemia, es el amor de Joachim, la pasión; Elisabeth Baddensen, es hija de una familia aristócrata, con la que el padre de Joachim, el viejo Pasenow, ha 'predestinado' el futuro conyugal de su hijo menor. Elisabeth es la representación de un pasado a plena luz del día, que se convertirá en el elemento decisivo en la vida de Joachim.

Leer Pasenow o el romanticismo hoy, en pleno siglo XXI, es la prueba de que el romanticismo persiste en nuestros pensamientos, en nuestras actitudes, pero sobre todo, en la sensibilidad de nuestros sentidos. Seguramente no será un romanticismo radical pero sí es una enfermedad, siempre lo será, que no dejará jamás los corazones de la humanidad, porque la vida es, desde el nacimiento hasta la muerte, un hecho profundamente romántico.

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