El aborto: lucha inconclusa

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Carlos Payares González

Carlos Payares González

Columna: Pan y Vino

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Cada vez que la humanidad da un paso hacia adelante en la comprensión del mundo y de la especie siempre aparecen personas que nos agarran de los tobillos para hundirnos en el foso del más exacerbado oscurantismo. 

Cuantos desprecios, ridiculizaciones, sacrificios y hasta muertes nos costó aceptar que la Tierra era redonda y que giraba alrededor del Sol y que las especies vivientes son el resultado de un proceso evolutivo. 

Una vez más algunos miembros del Partido Conservador colombiano, en alianza con el señor Procurador de la República y de las altas jerarquías de la Iglesia Católica, en nombre de una moral deleznable, arremeten contra el Estado laico que ha venido consagrando derechos a las mujeres en cuanto a la libertad de fecundidad y el aborto.

Desde el 10 de mayo de 2006 la Corte Constitucional despenalizó el aborto en casos en que esté en peligro la vida de la mujer; o que exista una malformación fetal; o que el embarazo haya sido el resultado de un acto violento; o por inseminación artificial o transferencia de óvulo fecundado no consentidas; o cuando sea el producto de una relación incestuosa.

La Sentencia T/355 de la Corte fue reglamentada posteriormente por el Ejecutivo Nacional por medio del Decreto 4444 de 2006, el mismo que fue suspendido por un fallo de la Sección Primera del Consejo de Estado.

Cinco años después un grupeto de congresistas decidió cerrar filas en la Comisión Primera del Senado para detener el avance constitucional. Los prohibicionistas han tomado un segundo aire para someter a una moralidad religiosa los derechos de las mujeres.

Ni las altas cifras del aborto, ni los fallecimientos por practicarlo de manera inadecuada (séptica/traumática), ni los argumentos jurídicos y humanistas, han permeado la conciencia de quienes se consideran misionalmente puros como un crisol de virtudes. Incluso, algunos azules le abrogan a la propuesta de penalización del aborto la única manera de "proteger al país, la familia y, especialmente, a las mujeres colombianas".

Se quiere retroceder al año de 1936 cuando el aborto era penalizado y convertido en estigma social. Hasta finales del año pasado 966 mujeres se beneficiaron de la despenalización a pesar de que encontraban trabas, entre ellas, la objeción de conciencia de ciertos jueces y médicos.

De ellas, 209 fueron víctimas de un embarazo por violación. En Colombia se realizan cada año más de 400.000 abortos clandestinos, lo que llevó a la Federación Médica Colombiana a ratificar que la despenalización era una medida tanto de salud pública como de preservación de la vida de gran cantidad de mujeres.

Todo el mundo sabe (incluso los honorables parlamentarios ultraconservadores) que el 90% de los abortos en Colombia son clandestinos; que el 33% deriva en complicaciones que requieren de urgente atención médica (53% en el área rural); y que el 30% del total de embarazos en Colombia termina en un aborto. Estén o no penalizados.

La iniciativa confesional va mucho más allá de la penalización del aborto: también se penaliza el uso de pastillas anticonceptivas o dispositivos intrauterinos, se castigaría a los médicos que los formulen, se prohibiría la fertilización in vitro y se limitaría la asistencia médica para morir dignamente (eutanasia). La doctrina de la religión Católica respecto a la hominización del feto ha sido cambiante. Hasta 1860 la Iglesia Católica sostenía que al tercer mes del embarazo el feto no tenía alma y podía ser abortable.

Esta fue, desde Santo Tomás, la teoría filosófica católica durante siglos. Para 1930 la encíclica Casti Connubi elimina esta distinción y prohíbe el aborto durante toda la gestación. En 1950 Pío XII autoriza la interrupción del embarazo para salvar la vida de la madre. Luego, Pablo VI, en la encíclica Humanae Vitae, prohíbe aún bajo razones médicas el aborto. Es entonces cuando se homologa el aborto a cualquier tipo de infanticidio. El Vaticano se ha mantenido anclado a esta última posición.

Que todo óvulo fecundado es ya una persona con derechos sigue siendo filosóficamente discutible. Aunque la ciencia reconoce que para la formación de un ser humano se requiere de su concepción, no es menos cierto que un cigoto de semanas esté lejos aún de serlo.

Es un material genético indispensable para la vida humana pero es controvertible que sea un ser humano. Ni el cigoto, ni el embrión ni el feto humano en sus primeras fases de desarrollo tienen los atributos propios de una persona. ¿A quién se le ocurre decir que si está comiendo semillas de marañón se está comiendo el árbol de marañón?

¿A quién se le ocurre decir que una masturbación (considerada anormal por la Iglesia Católica) es un medio infanticidio porque se sacrifican injustificadamente millones de espermatozoides aptos para una fecundación? No es de extrañar que muchos así piensen.

Si no fuese porque los moralistas ultraconservadores de nuestro tiempo son, además, hombres machistas que procuran vaciar su rancia represión en normas que se elaboran contra las mujeres, hubieran terminado prohibiendo también la masturbación.

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