El Señor de los Milagros

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Alvaro González Uribe

Alvaro González Uribe

Columna: El Taller de Aureliano

Web: http://eltallerdeaureliano.blogspot.com

¿De cuándo acá en el país algo tan preciado como la democracia empezó a depender de una sola persona? Eso significa que de esa persona depende quiénes nos van o no a gobernar, y por tanto el tipo de Estado de Colombia, y por más tanto el futuro de nosotros los colombianos.

El tal J.J. parece sacado de Transilvania, y se ha vuelto tan familiar que lo vemos hasta en la sopa, con su brumoso halo de misterio creado por él mismo para lograr cierta extraña atracción.

Su pedestal ha sido levantado bajo su adiestramiento por los medios, los columnistas (como yo hoy) y, en especial, los políticos. Pero me pregunto: ¿no será más la alharaca? ¿Sí será tan importante y tan definitivo?

Sea lo que sea, y tenga las calidades maravillosas o tenebrosas que se le atribuyen, la algazara que se la ha hecho a este personaje ya de por sí logra un claro ganador por encima de todos, incluyendo a sus clientes: él mismo.

Lo que sí empieza a verse como maluco, es que al parecer J.J. desplazó a los candidatos y de paso a los ciudadanos colombianos.

Es tanta la confianza (de quienes lo contratan) y el temor (de quienes no lo contratan), que es como si ya no importaran los mismos candidatos, ni su imagen forjada antes de J.J., ni su pasado y mucho menos sus programas. Fulano gana porque tuvo a J.J. aconsejándolo y Perano pierde porque J.J. estuvo con su contendor. Según eso, los ciudadanos somos unas marionetas que votamos al vaivén del movimiento de los hilos tramadores de J.J.

El genio nos volvió más ignorantes y "votiprontos" de lo que éramos. Al parecer este doctor Frankenstein, Jehová o Alá pone presidentes, alcaldes y gobernadores, y nosotros simplemente estamos en sus manos, bajo sus designios, sus tretas o sus maravillosas estrategias; "no somos sino briznas de yerba en las manos de" J.J. Nuestra conciencia es nula o es manipulable o se la entregamos a J.J. para que nos la maneje. Gracias J.J., ojalá no nos cobrés por el servicio.

Pero tampoco así, estamos exagerando, los unos y los otros. Acá en Colombia han existido y existen mentes estratégicas, perversas y virtuosas, más agudas que la de J.J. Hemos sido y somos un país político y de eso sabemos bastante, quizás demasiado. Tenemos expertos en propaganda negra, blanca, roja, azul, verde, amarilla, moradita y gris.

Sin embargo, alguien le comió cuento a J.J. y de ahí se volvió el gurú electoral. Creo que sin J.J. no volvería a ver elecciones. Gracias J.J. por preservarnos esa parte de la democracia.

No me consta si ese J.J. es un demonio o un ángel. No sé cuáles sean sus estrategias, ni qué tanto han influido en las campañas que ha asesorado, ni cuáles son esas campañas, porque hasta en eso hay misterio. Pero pienso que sus pericias no son esa magia negra o blanca que predican. A lo mejor es un buen asesor, a lo mejor es un perverso asesor, pero no creo que tenga las genialidades que le atribuyen.

Es un mito autofabricado. Por eso los principales damnificados de J.J. son sus propios contratantes, pues entiendo que les cobra unos dinerales que podrían usar en otros menesteres. O no usar, para que no se pasen de los topes legales.

De todas maneras queda en el ambiente algo muy triste: candidato que triunfa no ganó él, ni su equipo ni sus electores que supieron escoger a conciencia: ganó J.J. el invencible, el todopoderoso, el señor elecciones. Al parecer son tantas sus capacidades que los aspirantes no importan, él es capaz de hacer ganar al peor candidato y hacer perder al mejor.

Apague y vámonos. J.J.: en tus manos encomiendo mi voto y el de mis conciudadanos. Y mi país... En fin, la democracia colombiana está peor de lo que pensábamos si el que decide es ese tal J.J.

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