Ciénaga: la pequeña política asistencialista (y 3)

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Carlos Payares González

Carlos Payares González

Columna: Pan y Vino

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La primera condición observable en una sociedad decadente es el que la mayoría de las personas (egoístas y cómodas) nunca hacen nada por nada. Son aquellas que creen firmemente que no hay problemas en la sociedad. Niegan o moralizan la crítica al establecer una falsa dualidad entre crítica positiva y negativa. Le temen al desentrañamiento de los problemas de la cotidianeidad. Se esmeran por mostrarse como seres "propositivos" o "hacedores" de cosas como si no fuera cierto que para poder proponer algo en serio primero se debe conocer lo que existe. Es más: creen que están en "el mejor de los mundos posibles", como diría Voltaire en boca de Candide.

La segunda condición es que las personas que ocupan los más altos cargos, mal llamados "dirigentes sociales", aquellos que tienen los medios de control de toda la sociedad, también niegan, al menos en público, que exista la menor decadencia social; es más, son aquellos que creen que "el futuro será siempre mejor" y que ellos, sólo ellos, nos solucionarán los problemas y satisfacerán las necesidades que no han podido acabar en las últimas décadas. A eso es lo que llaman los populistas una sociedad "organizada, digna y progresista", usando el mismo sistema o modelo de gestión que hasta ahora precisamente no ha funcionado.

Lo más incomprensible de Ciénaga es que algún día sea una ciudad comprensible. Y es que el necio no cambia porque no sabe que es necio, y el malvado no cambia porque no sabría dejar de serlo. Y el populista asistencialista que pelecha dentro de la nutriente pobreza cree siempre que su altruismo caritativo reivindicará de una vez por todas a los desposeídos. Así la decadencia es siempre una cabalgata de necios dirigidos por malvados... todos corriendo alegremente hacia el desastre: unos por la prepotencia y la meliflua comodidad; y otros por la ambición del presente y el desprecio del pasado y del futuro. Unos necios creen que "ya les arreglarán las cosas" y otros creen que "después de mí que venga el diluvio" o "sálvese quien pueda".

Este pacto infernal entre pueblos y malvados es el signo de los tiempos; lo ha sido siempre. Por eso, aunque mortifica decirlo, el combate contra la decadencia de nuestros pueblos ha sido siempre un combate contra el signo del tiempo, ha sido también un combate heroico contra los "de arriba" y, por desgracia, también contra los "de abajo". Despertar de cara a la historia significa valerse de la inteligencia racional. Nada como ella produce la ilusión de que las cosas tienen un orden aún dentro del desorden; un autodiseño que se palpa en las cosas establecidas en el universo. Significa el tener conciencia de nuestras determinantes singularidades, antes de entregarnos al hacer pragmático. Muchos se enfadan cuando preguntamos sobre la forma en que estamos viviendo o si sabemos hacia dónde nos dirigiremos en cuestión de años; son de aquellas personas que prefieren esperar que el destino o alguna fuerza intangible se encargue de las cosas. O, tal vez, se trata de un politicastro: un promesero mesiánico. ¿Acaso estamos todos ciegos?

No existe discurso ni beneficencia que sosiegue el hambre o la miseria, por muy peripuesto que se presente. En este caso la estadística es gélida como el clima de los cementerios. Por el contrario, una sociedad justa es aquella que preserva la dignidad de su gente y estimula la participación de sus ciudadanos para decidir sobre el bienestar colectivo, siempre ofrecido con tanta locuacidad por los políticos de turno, pero nunca alcanzado por el esfuerzo de nuestros pueblos.

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