Noriega o el ocaso de las traiciones

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Escrito por:

José Lopez Hurtado

José Lopez Hurtado

Columna: Opinión

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Estados Unidos escribió una de las portadas más negras del libro de su intervención permanente en América Latina, como lo había hecho con Pinochet, con Trujillo, con Videla y con tantos regímenes militares a los que auspició; y Manuel Antonio Noriega, se encargó de llenar sus páginas con la tinta indeleble de sus traiciones, sobornos y chantajes, de los que no se libraron ni el cartel de Medellín, ni los sandinistas, ni sus amigos del régimen cubano, en un sórdido legado, que Panamá quiere olvidar, pero que está ahí ,como cadáver insepulto, cada vez más visible y maloliente en la medida en que el ex hombre fuerte, tras purgar sus penas en el extranjero, se apresta a regresar a su país. Como inútilmente lo intentaron sus abogados que lo hiciera, ante el Tribunal de Apelación de París- que lo condenó por el lavado de 2.3 millones de dólares, pertenecientes a los narcotraficantes colombianos-, argumentando que las penas por homicidio que lo esperan en su país, tenían más peso legal que los reclamados por los tribunales galos. Noriega, como Osama Bin Laden, fue alistado para la inteligencia de la CIA en los años 50, hasta cuando sirvió a sus intereses y su estrecha relación con la mafia de la droga colombiana resultó inocultable.

La Operación Causa Justa, en 1989, en la que murieron cerca de 5.000 civiles de los estratos más pobres de la población terminó con la luna de miel del gobierno norteamericano con su pupilo, en una invasión en la que participaron 20.000 marines y que terminó con su aprehensión. El hecho de haberse negado a ser punta de lanza de E.U., para arrasar con todas las fuerzas de izquierda y los comunistas en la región, fue el motivo para su captura, alcanzó a decir. Lo cierto es que quedaba atrás un juego macabro de compra de lealtades, venta de secretos, tráfico de información, sobornos, chantajes y la ausencia de cualquier gesto de nobleza, que sostuvieron a Noguera en el poder entre 1983 a 1989. E igualmente una oscura historia de conspiraciones, atentados y espurias relaciones con quienes por esa época figuraban en la primera escena de la política mundial, para bien o para mal. Muamar Kadafi, Yasser Arafat, Saddam Hussein, fueron sus interlocutores más cercanos, en el propicio marco del naciente movimiento de los no alineados, pero que según fuentes militares de la época, se reducía a sutiles maniobras para comprar por parte del general panameño, misiles tierra-aire para amedrentar a los gringos, sus antiguos aliados.

La justicia panameña hoy lo espera con sentencias de 60 años, -por la muerte del médico y opositor Hugo Spadafora, entre otros-, en un escenario jurídico que se avizora muy favorable, dada su avanzada edad y en particular por la eventual aplicación en su caso de principios universales del Derecho Penal que tienen que ver con la favorabilidad de las penas y muy probablemente con la prescripción de las mismas. Lo cierto es que hoy, en su país y en algunos del continente, prefieren olvidar, o al menos desatenderse de la suerte inmediata del protagonista de esa terrible novela. Comenzando por su propio gobierno.

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