Yo me llamo...

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Arsada

Arsada

Columna: Opinión

e-mail: armandobrugesdavila@gmail.com

A decir de algunos expertos, la responsabilidad que los medios tienen en cuanto a educar a los pueblos es algo inherente a su naturaleza; infortunadamente en la medida en que los dueños del poder se han percatado de ello, han ido tomando por asalto esta herramienta, no sólo para llenar sus bolsillos sino también para realizar desde allí, la más tenebrosa manipulación de la opinión pública.

A finales del siglo XVIII el genial Simón Rodríguez, el maestro de Bolívar, sostenía que después del triunfo de los independentistas, el camino a seguir era cambiar la educación por una que permitiera a los niños comprender que imitar era lo peor que les podría suceder en la vida.

El maestro propugnaba por una escuela que enseñara la importancia de la creatividad, de la innovación, partiendo de la realidad circundante. En alguna ocasión expresó: "Vean la Europa cómo inventa, y vean nuestra América cómo imita. La América no debe imitar servilmente, si no ser original. ¡Pero ya que tratan de imitarlo todo, imiten el ser originales!"

Dos siglos después, algo similar expresaba Paolo Lugari, creador del Proyecto Gaviotas, quien en una entrevista que le hiciera Lucy Nieto de Samper, en 2007, manifestaba que nuestro problema radicaba en que nos creíamos incapaces de crear, porque una vez que nos independizamos de Europa nos dejamos deslumbrar por su fantasía y terminamos imitándolo todo.

Lo anterior para protestar contra el programa Yo me llamo…, presentado por el Canal Caracol. Por favor respetemos al país. La televisión es un medio de culturización extraordinario, pero no por ganarse unos pesos más, representados en alto rating, los canales privados pueden terminar autoconcediéndose licencia de corso para comprometer tan altruista propósito social, promoviendo la mediocridad como sinónimo de talento, creatividad y originalidad; Con esto sólo consiguen hacerle un daño casi irreparable al pueblo colombiano.

En este planeta no existe un premio serio a la imitación y es obvio, el concepto apunta a más a la antioriginalidad y a la mediocridad. Una cosa es Julio Zabala, reconocido internacionalmente como excelente imitador de múltiples personajes, y otra lo que se propone este programa al pretender que el concursante imite a un solo personaje y llevarlo hasta el ridículo de tener que hacer todo lo necesario, desde lo físico hasta lo emocional, para parecerse al mismo, y después en una especie de delirium tremens, diga: Yo soy fulano. No sea que pase como sucedió con un conocido actor de nuestra televisión que interpretando a Bolívar, terminó en una clínica siquiátrica, al no poderse sacar el personaje de la cabeza.

Con programas como estos, lo único que se logra es venderle la idea al ciudadano común y corriente que imitación y talento son iguales, lo cual no solo es falso sino contrario a los intereses individuales y colectivos de la nación. Va en contravía de lo que en su momento propusieran Simón Rodríguez en 1823 y Paolo Lugari en 2007, para quienes una política promotora de la imitación solo conduce a la mediocridad y ésta por razones obvias a la dependencia.

Utilizar un medio de comunicación tan importante para mensajes de este tipo es simple y llanamente un derroche perverso de recursos. Buena oportunidad tienen los docentes de promover con sus estudiantes discusiones al respecto a fin de generar en ellos opinión crítica.

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