Un ejercicio mal resuelto

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Jesús Dulce Hernández

Jesús Dulce Hernández

Columna: Anaquel

e-mail: ja.dulce@gmail.com

En Bogotá, como en las grandes ciudades del mundo, hay para escoger de todo y tiempo para casi nada. La sociedad moderna nos ha impuesto unas reglas de juego fáciles de criticar y difíciles de cumplir. Aun así creemos que somos felices, porque cada vez nos parecemos más a los demás, no en lo profundo, sino en lo superficial. Cada vez estamos más cerca de la revista Jet Set y más lejos del Arte de Amar de Ovidio. La evolución de la sociedad occidental es, en verdad, un proceso cargado de infelicidad.

El mundo de hoy es una carrera de liebres, donde las tortugas nunca llegan a la meta. El afán de la humanidad por tener éxito, por la inmediatez de sus logros y la eterna duda sobre si tener fe o no en algo Superior, ha hecho del hombre un ser lleno de temores que, paradójicamente, refleja en actitudes arriesgadas. Decía Nicolás Gómez Dávila que la inagotable sensación de fracaso es algo con lo que los seres humanos vivirán, así no lo quieran.

Sin embargo, la necesidad de sobrevivir es una garra infalible que hay que sacar desde lo más hondo del ser. De ahí que seamos capaces de escribir poesía, novelas y cuentos; de pintar con óleos y acuarelas; de tener amigos y de componer vallenatos. La tristeza más intensa se sana con el placer de hacer lo que nos gusta, y la genialidad nace sólo en ese momento.

Seguramente, para quienes escriben en serio, no como yo, llegar a un Premio Nobel de Literatura es su meta más grande, y esto es así, porque así es la sociedad que nos rodea. Para otros, la meta no está en el reconocimiento social sino en la sociedad misma, en la que no prevalecen los méritos sino las adversidades. Los primeros son liebres, los segundos tortugas.

Hoy he escogido un libro de una tortuga que fue liebre, del Premio Nobel peruano Mario Vargas Llosa titulado "Historia secreta de una novela" de editorial Tusquets, pequeño en tamaño pero grande en contenido. En él, el nobel latinoamericano nos muestra la importancia que tuvo en su vida el haber decidido embarcarse en el ejercicio literario para siempre y no en los demás menesteres que pide a gritos la sociedad actual, aunque sabemos que a veces se dejó tentar por ellos. La literatura, dice en una de sus páginas, no garantiza la felicidad, pero quien renuncia a su vocación por "razones prácticas" comete la más impráctica idiotez.

En "Historia secreta de una novela" Vargas Llosa nos cuenta cómo fue la construcción de una de sus obras más conocidas: La Casa Verde, un prostíbulo ubicado en Piura, ciudad peruana en la que vivió a los nueve años con su familia. La historia se desarrolla en dos lugares: Piura y una pequeña factoría en la región amazónica del Perú llamada Santa María de Nieva, donde monjas españolas hacían de las indígenas huambisas y aguarunas, mujeres occidentales que, sin que Dios ni las mojas lo quisieran, acababan en las ciudades civilizadas como prostitutas y sirvientas, "habitantas", como las llama Vargas Llosa, de la Casa Verde.

Esas indígenas y habitantas de la novela, han sido obsesiones difíciles de arrancar en su memoria. Al fin y al cabo, como lo afirma el escritor peruano, las experiencias personales vividas, soñadas, oídas y leídas, son el sustento de las novelas y, diría yo, que de la historia misma, pues se escriben "principalmente con obsesiones y no con convicciones". Por eso creo que es inevitable internalizar las vivencias de esos tejedores de destinos como son los escritores.

Todo personaje encarna no sólo vida, sino reflexiones sobre la vida, y por eso representan sistemas de valores. No obstante, siempre la vida será un ejercicio mal resuelto, pues, como dice otro gran escritor, colombiano, Enrique Serrano, en uno de sus mejores libros: "Quien hace mucho caso del mundo se pierde en el delirio y se abruma en la impotencia […] Aquel que vence es el que cumple la misión más grande, el que muere en posesión de su alma".

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