Antes del fin

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Jesús Dulce Hernández

Jesús Dulce Hernández

Columna: Anaquel

e-mail: ja.dulce@gmail.com

Hace unos años, no muchos, decidí usar ropa sólo de marcas nacionales. Por un momento, tuve en mi conciencia el fuego fatuo de La Resistencia.

En aquel tiempo, quise convencerme de que el mundo no corría por los ríos para los que fue hecho y mi primera resolución de oposición fue apoyar los productos que se elaboraban por gente de la misma tierra de la cual yo también era deudor. Creo que fue un buen intento, pero debo reconocer que fracasé.

Para aquel entonces, un buen amigo de la universidad y de parrandas insaciables, estuvo visitando a su hermano que se encontraba en Argentina. Al regresar, tuvo el buen gesto, con el cual demostró su conocimiento sobre mí, de traerme dos libros de Ernesto Sábato: el primero titulado "La Resistencia" y el segundo "Antes del fin".

Ambos constituyen, en mi parecer, obras que no pueden separarse. Aún recuerdo la bolsa con el símbolo de la librería más famosa de Buenos Aires "El Ateneo", en que venían los dos, acompañados de una caja de alfajores de esos que sólo saben hacer los argentinos.

Hace una semana, me encontré en mi biblioteca con el segundo de esos libros llamado "Antes del fin" cuya lectura había aplazado por más de tres años. De inmediato lo escogí para compartirlo en esta ocasión con ustedes y, al empezarlo, fue clara la relación de este escrito con el de "La Resistencia" que había leído antes con emoción profunda.

Este hecho me hizo recordar que la decisión de usar sólo ropa nacional tiempo atrás había sido producto de la lectura de ese libro de Sábato y también que al cabo de unos meses, me había dejado absorber de nuevo por el consumismo de las grandes marcas. En otras palabras, no resistí.

"Antes del fin" es una hermosa radiografía de nuestra situación, la de los seres humanos, en el mundo contemporáneo. No por ser bella, deja de ser preocupante. Sábato logra resaltarnos que el universo racional en el que estamos inmersos, acaba por ser un intersticio de sometimiento, de esclavitud. Muchos pueden ser los culpables: la extremada racionalidad, el idealismo tecnológico, la fascinación por el consumo, todos a la vez.

Sábato fue un científico reconocido no sólo en su país natal Argentina, sino en otros como Francia. Sin embargo, luego de haberle dedicado gran parte de su vida a las matemáticas, la termodinámica y los electrolitos, se dio cuenta de que su destino estaba en el arte y no en la ciencia.

Se convenció de que escribir, pintar, componer, son espacios de catarsis indispensables para soportar la humanidad. Quiso recuperar la esencia del hombre "humano", el hombre tribal, el verdadero, para el que el valor sagrado y profundo de la existencia estaba en el nacimiento, el amor, el dolor y la muerte.

"Antes del fin" es un testamento. Una obra triste y llamativa, como lo es en sí la tristeza. Un péndulo entre la desesperación y la esperanza, en la que al final siempre es la última la que prevalece. Sábato hace de su obra un eterno retorno a la tierra que lo vio crecer; considera ese hecho como el eslabón fundamental que le permite morir en paz. El regreso a la tierra donde jugaba de niño, el retorno a los libros que leyó en su adolescencia.

Hay apartes que en el libro pueden sonar llenos de lugares comunes, como que el hombre ha sido desplazado por la máquina; lo espiritual por lo superficial; las críticas al neoliberalismo; o que los gobiernos no han querido entender su destino de buscar el bien común.

Pero lo realmente trascendental de esta obra, es que nos muestra cómo las utopías son necesarias en nosotros para vivir. La salvación ante el horror en el que se han convertido las sociedades, es el arte, los sueños pintados con crayola en servilletas machadas de café.

Sábato murió en la madrugada del 30 de abril de 2011, a la edad de 99 años. Gracias a su longevidad, tenemos sus reflexiones Antes del fin; y gracias a sus obras tenemos la satisfacción de haber confirmado que la salvación de la humanidad siempre será espiritual, pues el alma no cambia.

Rememorando a Borges, otro de esos espíritus argentinos llenos de deidad, recordé que "el deber ser de todas las cosas es ser una felicidad; si no son una felicidad, son inútiles o perjudiciales". Ahora espero que mi amigo viaje a Inglaterra y me traiga de regalo un libro de Joseph Conrad. Así podré estar seguro de que las almas, como los libros, no cambian.

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