El cura justiciero

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Alvaro González Uribe

Alvaro González Uribe

Columna: El Taller de Aureliano

Web: http://eltallerdeaureliano.blogspot.com

En algunas obras de García Márquez y de otros autores, aparecen varios curas jugando un papel social de importancia en poblaciones, familias y vecindarios, más allá de sus funciones religiosas.

Es que en la vida real son varias las ocasiones en las cuales el cura se vuelve célebre en las comunidades, a veces para bien, a veces para mal.

Sin entrar a juzgarlo, en Santa Marta hay un sacerdote que se está convirtiendo en todo un personaje, y para muestra un hecho que protagonizó hace pocos días:

"Anoche la tranquilidad que se vivía en el Parque San Miguel de Santa Marta [centro de la ciudad], se vio interrumpida luego que el padre Fajib Yacub, quien es el párroco de la iglesia que lleva el mismo nombre del parque, casi es linchado por una comunidad enardecida.

Al parecer el religioso persiguió con un machete a un supuesto ladrón" (El Informador, Santa Marta, 3-8-11).

Según este diario, una semana antes fueron hurtadas del despacho parroquial "joyas y dinero en efectivo, además de algunos cables de cobre y bronce usados para la celebración de la sacristía" (sic). Ni me pregunten para qué diablos usa el padre los benditos cables, los ritos católicos varían por regiones, sacerdotes y tiempos, aunque éste me suena a santa inquisición.

El caso fue que el cura asumió la investigación por su propia cuenta y encontró un sospechoso: un obrero residente a dos cuadras de la iglesia, a quien citó a la sacristía.

El presunto delincuente, en un acto que habla de su inocencia -o quizás de su desvergüenza- acudió pronto a la cita, quizás imaginando una medallita o alguna indulgencia. Pero ¡oh sorpresa!: "se acercó a la sacristía, y allí, según el mismo obrero, el padre Fajib Yacub lo encaró y amenazó con un filoso machete. De acuerdo con las declaraciones del supuesto ladrón, el religioso lo persiguió y lo quería matar para que devolviera lo robado en la iglesia" (ibídem).

Mientras el cura sin cabeza -perdida ante la ira santa- perseguía al "ratero honrao", éste empezó a dar alaridos en el parque, adonde acudieron numerosos vecinos quienes "armados de palos y piedras" la emprendieron contra el clérigo en defensa de su compadre laico. De perseguidor a perseguido, el padre se refugió en la primera tienda que encontró abierta, pero al cerrar la puerta los furiosos y amadísimos infieles lanzaron contra la misma una pertinaz lluvia de palos y piedras que sólo escampó la Policía cuando llegó.

No se sabe en qué terminará esta tragicomedia Caribe, en la cual un ministro de Dios tomó la justicia por sus propias manos sacras, las mismas con las que devotamente todos los días toma el cuerpo de Cristo y lo instala en las ávidas bocas de sus feligreses que mal le pagaron.

Pero no fueron desagradecidos: pese a que ellos como el párroco también usurparon la autoridad, su motivo fue saber que a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César, en una afortunada mezcla de Constitución y Evangelio. Valga decir que el comandante de la Policía con jurisdicción en Santa Marta se llama precisamente César, mi coronel César Granados Abaunza.

En fin, pasan y pasarán los años de soledad pero Macondo sigue sucediéndose y yo no me canso de observarlo: ¿se imaginan la comparsa al trote? Adelante el "ratero honrao", detrás el machete, después el cura blandiéndolo, y cerrando el cortejo la gente en algarabía.

Así este caso tenga también aire dramático de corrido mexicano, definitivamente encontré otro apasionante oficio en mi Caribe colombiano: el de "cazavallenatos".

Sí, buscador de vallenatos, de vallenatos vivientes en parques, calles, campos y familias, esperando que renazca otra estirpe de Escalonas que complete mi labor, o que resurjan más Gabos que los sumen en novelas mágicas.

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