Aplazando futuros posibles

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Alberto Carvajalino Slaghekke

Alberto Carvajalino Slaghekke

Columna: El Arpa y la Sombra

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En el siglo XIX darle una lectura coherente al mapa vial de Colombia era tarea infructuosa. La acumulación de kilómetros de vías tanto férreas como carreteables obedecían más al interés particular que al general. Ello explica en parte las razones de nuestro atraso económico. "La otra raya del tigre", la novela histórica y política de Pedro Gómez Valderrama, retrata muy bien esa época. La historia de Leo von Lengerke, el protagonista de la novela, es el relato de los febriles esfuerzos de los empresarios de aquellos tiempos.

Cuando uno observa la Santa Marta de hoy, encuentra coincidencias con aquel relato. Hace unos días leímos en los medios de comunicación que la administración distrital actual tomaba la decisión de no poner sobre la mesa de la discusión social el Plan de Ordenamiento Territorial. Abdicando y endosando de esa manera esa tarea al próximo gobierno. Decisión lamentable. Nunca antes un gobierno tuvo ante sí la oportunidad de corregir el más anacrónico Plan de Ordenamiento planteado sobre un territorio de las características estratégicas de Santa Marta.

Alguien debió explicarle que tenemos un POT tan absurdo, que bastaba un simple ejercicio de observación del entorno y una lectura de lo señalado en el documento que regula el uso del suelo para ir corrigiendo. Bastaba sustentarse en la comprobación empírica para construir una herramienta mejor. Así de sencillo. Bastaba con entender las dinámicas sociales para formular los correctivos. Bastaba con comprender la racionalidad de los sistemas de alteridad que al interior del territorio desarrollan los grupos sociales para perfilar un mejor uso del suelo con base en elementales principios de sostenibilidad. Y si aun así resultaba complejo, no resulta menos insultante ignorar la existencia de las universidades de la Región como la Sergio Arboleda o la del Magdalena, con las cuales el ejercicio hubiese llegado a un nivel adecuado de discusión y por extensión de construcción. Pero no, esa posibilidad fue excluida y con ello la posibilidad de generar una herramienta básica para ordenar el desarrollo potencial futuro del territorio.

Con esa actitud, la apuesta de territorio continúa dada en términos de anacronía, porque permanecemos con un concepto de ordenación por fuera del orden de los tiempos y anarquía porque la ausencia de ordenación, aún en los términos condensados en el POT vigente, por efecto de la ausencia de la autoridad del Estado local en la configuración del perfil urbano, convierten esa herramienta en un burlón saludo a la bandera. Ignoró con su decisión además, que en el Concejo existen personas con argumentos suficientes para enriquecer el debate. Pero no.

El ejecutivo determinó no presentar nada y renegar a su obligación y compromiso histórico con el territorio y la sociedad. Hoy lo vemos con un gran despliegue de energía organizando fiestas del mar y rifando boletas para asistir al concierto de Carlos Vives. Esos contrastes son representativos de la cultura del subdesarrollo. El próximo alcalde tiene una oportunidad maravillosa de colocar su impronta en el diseño de futuro para Santa Marta, tiene la posibilidad de imaginar junto a los actores, agentes, hacedores de mercado y la sociedad en general, el diseño de la ciudad que se anhela sobre principios claros de responsabilidad, competitividad, sostenibilidad, equidad e inclusión y así de esa manera construir una visión que sea respetada por los gobiernos futuros ya que ese gran acuerdo es la carta de navegación, la estrella del norte, que guiará a los timoneles futuros de esta bella ciudad.

La ausencia de ese ejercicio de construcción colectivo, de una visión respetada y acuñada por la ciudad, es hoy un vacío que permite los cambios caprichosos de gobernantes mediocres, cuyo efecto entre otros aspectos se traduce en permitir el crecimiento de la infraestructura de manera inconexa. Permite el desarrollo de un mercado de los precios de la tierra que empuja la ciudad al terreno de la exclusión e inequidad, porque cuando la sociedad no tiene de sí misma una visión de futuro, permite con ese vacío, un destino incierto. Por el contrario, cuando la visión de futuro es concertada de forma amplia, el mañana se convierte en un bien común susceptible de ser controlado y vigilado por toda la comunidad.

Cuando no se realiza el ejercicio de formular el POT volvemos a las épocas en que Colombia era comparada con la piel de un tigre por lo inconexo de su sistema de comunicaciones y que permitió sumirnos en el laberinto del subdesarrollo tal como lo reseñó Pedro Gómez Valderrama en la novela que citamos al inicio de este artículo. La estructura económica de la ciudad desde la perspectiva de la configuración de su convergencia empresarial interna y su competitividad, nos hacen recordar que cada nuevo emprendimiento en la ciudad se parece a los trazos de los ramales que en aquella época llenaron la geografía del país. Todos ellos inconexos y sin una lógica y coherencia interna que repercutieran favorablemente en el desarrollo de este espacio que habitamos, el cual podría ser una potente ciudad región. Así es hoy el panorama de la estructura económica de la ciudad, por solo señalar un aspecto: muchos esfuerzos individuales sin la dirección institucional de un POT que permita el uso racional del elemento más finito y escaso de esta ciudad: su suelo. Cuando no se dimensiona la importancia de regular un ordenamiento lógico y sensato que permitan un desarrollo incluyente, estaremos trazando líneas en el diseño de un futuro cada vez más particular y cada vez menos social y terminaran los samarios siendo extranjeros en el suelo que los vio nacer.