29 de Julio de 1525

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Carlos Bustamante Barros

Carlos Bustamante Barros

Columna: Columna Caribeña

e-mail: cm-bustamante@hotmail.com

Aunque la historia de las colonizaciones en el Nuevo Reino de Granada por los españoles del siglo XVI estuvo motivada por la codicia del oro y no por asuntos científicos , es menester indicar que en todo caso el señor Rodrigo de Bastidas tiene el mérito indiscutible de haber fundado a esta hidalga ciudad de Santa Marta hace 486 años, cuando en una tarde soleada tuvo a bien arribar a la bahía de Santa Marta con doscientos de sus hombres aventureros del mar, para leer el decreto formal de la fundación de una nueva ciudad en esta parte recóndita y olvidada del mundo, que bautizaría para la posteridad con el nombre de Santa Marta.

Desde entonces y para siempre el mundo ya nunca más fue igual, la paz milenaria e inamovible de siglos fue corrompida gravemente por la presencia de intrusos colonizadores que a sangre y fuego mataban sin piedad a los indígenas para arrebatarle sus pertenencias de oro que pendían en sus narigueras, violando de paso a sus mujeres, pregonando en sus acciones de lesa humanidad sofismas inaceptables a nombre del rey, en la que fue un factor común la imposición de la cruz, como símbolo del cristianismo, aunque tales actos violentos controvirtieran la tesis de paz y amor pregonadas por Jesucristo.

Para esas épocas del desarrollo histórico medio siglo atrás, todavía no había irrumpido las nuevas castas asentadas hoy día en Santa Marta, porque el descubrimiento del nuevo mundo apenas empezaba, sólo había ibéricos codiciosos diseminados por doquier robando el oro a los indios que irían a engrosar a las arcas de la poderosa monarquía peninsular en un 75% mientras el tercio sobrante a la familia del expedicionario, destacado en esta parte del mundo para el saqueo cruento y atroz a los aborígenes incautos y desprevenidos, que observaban atónitos y llenos de terror a los realistas henchidos de enjundia por su propia maldad sin límites.

Como suele ocurrir casi siempre en la repartición del botín mal habido hubo casos múltiples en que los mismos invasores sustraían el oro robado a los indígenas que fue remediado con la pena capital a los ladrones, pero aún con todo ello era una preocupación constante en los monarcas españoles quienes en sendos pergaminos escribían a sus agentes destacados en esta parte del mundo sobre el progreso alcanzado en la captación del codiciado y costoso metal, mucho más cuando fueron enterrados por la mensajería del reino de la existencia de una ciudad indígena desconocida en el nuevo mundo repleta de oro cuyo fulgor con los rayos del sol enceguecía los ojos, reconocida tiempo después como el dorado construida sobre la planicie cundiboyacense perteneciente a la cultura Chibcha, reputada como la mejor en orfebrería del nuevo mundo por la calidad de su trabajo precolombino hecho con finesa y buen gusto, aunque al final tales consideraciones quedaran plasmadas para la posteridad sólo como la leyenda de El Dorado de la que tanto se ha hablado con creces.

En todo caso las premisas abordadas por algunos historiadores según la cual la ciudad de Bastidas fue un bastión español incorruptible desde los años de 1525, habitadas por personas de bien ibéricos, incluso algunos con calidades notariales destacados en esta parte del mundo por la monarquía de ese país, en la que se arguye como argumento de sostenibilidad que fueron renuentes a independizarse de España en 1810, no pasa de ser sino meras especulaciones, los archivos genealógicos no demuestran ningún tipo de parentesco de familias samarias con dinastía borbones, tampoco en la línea de condes u otras análogas, por lo cual las pretensiones de abolengo realistas argüidas carecen de seriedad por supuesto, muy diferente es el surgimiento de castas oligárquicas condicionadas por la propiedad de medios de producción y la tierra, estudios serios de los cuales se ha ocupado la sociología que sitúa esta condición como requisito para el surgimiento de elites sociales.

Se me ocurre pensar que el territorio del Magdalena al ser el último de la Nueva Granada en independizarse del otrora imperio ibérico en 1810 obedecía a que antiquísima urbe estaba muy despoblada, las contadas familias que habitaban la ciudad eran los propietarios de haciendas y trapiches por lo cual no existía clara voluntad de independencia sino la de sobrevivir sin afanes sin importar ni adentrase en los asuntos emancipadores que cual estela de nubes purpurinas se esparcía en el firmamento de la patria hasta cubrirla en su totalidad para siempre.

Muchas felicidades en su onomástico numero 486 a la hidalga urbe de Bastidas, en la cual vivimos con nuestros sueños y esperanzas, bajo su cielo límpido y sereno, acrisolado por la sonrisa de la mujer y cabellera al viento que impulsa nuestra vida …

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