El reto de la “diplomacia parlamentaria”

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Eduardo Barajas Sandoval

Eduardo Barajas Sandoval

Columna: Opinión

e-mail: eduardo.barajas@urosario.edu.co

No es extraño que aparezcan iniciativas de contacto entre parlamentarios de países en dificultades, cuando los gobiernos no pueden, no quieren, o no encuentran políticamente presentable cambiar el rumbo que tomaron.

La ocupación de la península coreana por los japoneses, entre 1910 y 1945, dejó secuelas y generó deudas todavía no del todo saldadas, según las víctimas, a cargo de los invasores. El tratamiento del problema ha tenido como protagonistas no solamente a los gobiernos sino a otros actores, como son miembros de los parlamentos de ambas partes, cuya acción oscila entre la utilidad y la interferencia con el liderazgo que se espera del ejecutivo.
Una reunión sostenida en Tokio, durante la primavera de 2018, entre el Primer Ministro japonés Shinzo Abe y el presidente coreano, del Sur, Moon Jae-in, ha sido el último episodio de encuentro formal y directo de los líderes de dos países, separados por diferencias que, desde entonces, no han hecho sino crecer.

Una decisión de la Corte Suprema de Corea, según la cual las empresas japonesas deberían indemnizar a los coreanos que laboraron para ellas de manera forzada, produjo un tsunami político. Bajo el ambiente enrarecido por la decisión de la Corte, el Japón decidió establecer restricciones a la venta de materiales de alta tecnología, requeridos por la industria electrónica coreana, con argumentos de seguridad, “en virtud del debilitamiento de la confianza entre los dos países”.

Además, ya se sabe que en el fondo de las relaciones contemporáneas entra Japón y Corea aparece siempre el fantasma de asuntos de difícil tratamiento, como el de las “mujeres de consuelo”, coreanas obligadas a prestar servicios sexuales a los ocupantes japoneses, y el de los experimentos de guerra biológica desarrollados en la península. Problemas de aquellos que anidan en el fondo de los sentimientos y permanecen en la memoria de los pueblos, de manera que condicionan las acciones de los gobiernos, al punto que sus propósitos políticos terminan por quedar supeditados al adecuado tratamiento de esas materias propias de la sensibilidad nacional.

El fenómeno de la existencia de “diplomacias paralelas” no es nuevo y siempre será criticado y riesgoso. Los argumentos para reprocharlas son abundantes. El de la necesidad de unidad interna, combinado con el del protagonismo exclusivo de los gobiernos, tienen en todas partes fuerza política e institucional para ser esgrimidos en contra de los intentos de modificar ese esquema por la vía de los hechos.

Aún bajo el riesgo evidente de ser descalificados, los protagonistas de los encuentros han querido dar vida a una especie de “cuerpo de contacto” entre los dos países, sin la pretensión abierta de usurpar las funciones de los gobiernos, sino a manera de puente entre ellos. Tarea difícil, pero de pronto útil en la perspectiva de episodios futuros, a pesar de que, por ahora, son precisamente el Primer Ministro japonés y el presidente coreano quienes han tomado en sus manos la conducción directo de las relaciones bilaterales.

Takeo Kawamura, parlamentario y prominente miembro del Partido Liberal Democrático del Japón, además de veterano secretario del Gabinete del ejecutivo, ha sido uno de los protagonistas del encuentro con sus equivalentes del parlamento coreano. También ha servido de “puente” entre los gobiernos de los dos países, al servir de correo humano entre los Primeros Ministros. Siguiendo esa tradición, aprovechó una reciente reunión, en Kazajistán, del Foro de Parlamentos de Eurasia, para dialogar con Moon Hee-sang, presidente de la Asamblea Nacional de Corea, sobre el estado de las relaciones bilaterales. Seguramente ambos gobiernos estaban informados del encuentro, y conocieron de primera mano sus detalles.

Kawamura informó que habían tratado el asunto del retiro de Corea del Sur del acuerdo que permitía compartir inteligencia, así como el de las barreras comerciales entre los dos países. Y advirtió que Moon había interpuesto el obstáculo de las compensaciones laborales ordenadas por la corte coreana, como premisa para avanzar en los otros asuntos. Aunque, al parecer, no habría negado la posibilidad de que el asunto se arreglara el interior de la propia Corea.

Los optimistas encontraron jugosos los resultados de la reunión, pues entienden que, bajo circunstancias favorables y sin volverle la espalda al respectivo gobierno, asuntos de la agenda se pueden ventilar en cualquier momento y cualquier lugar, por una u otra persona, y que siempre es bueno saber lo que la otra parte está pensando.

Sea como sea percibido el fenómeno, por parte de los actores políticos, y de los funcionarios responsables de la conducción de las relaciones internacionales, resulta interesante observar cómo, ante la dificultad evidente de entendimiento directo entre los gobiernos de Japón y Corea, sobre todo cuando la conducción de las “operaciones” se realiza desde la altura de la cabeza del ejecutivo, pueden aparecer otros actores interesados en destrabar procesos de distanciamiento.

Acciones como las de Moon Hee-sang y Takeo Kawamura representan un reto para sus gobiernos, no solo en el sentido de mantener la primacía y el control de las relaciones internacionales, sino en el de aprovechar, dosificar, orientar y obtener beneficios de iniciativas, controladas, de “diplomacia parlamentaria”
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