Bombas de arte y cultura

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Carlos Escobar de Andreis

Carlos Escobar de Andreis

Columna: Opinión

e-mail: calli51@hotmail.com

“Si te vas  también se irá la música porque la llevas presa  en tu silencio” (Margarita Escobar De Andreis) 

 Hay una sola foto suya, en sepia, del álbum de documentos y recortes de prensa de la sala de libros raros y manuscritos de la Biblioteca Luis Ángel Arango, que alguna persona acuciosa rescató de donde estaba refundida. Es su figura aún joven y apuesta, con bigote ancho como el de Bienvenido Granda, cabello engajado con camino al medio y una mirada perdida en lontananza. Embutido está en lo que se aprecia como un frac de fino paño inglés para corbata negra, como los de la época. Es Honorio Alarcón, considerado por muchos el mejor pianista de todos los tiempos en América Latina. 

El año entrante se cumplen 100 años de su muerte en Santa Marta, ciudad en la que nació. Podría apostar que muy pocos lo reconocen y lo recuerdan. Ni lo conocen ni jamás oyeron a nadie hablar de él, como seguramente tampoco escucharon de Karol Bermúdez y Andrés Linero, tres pianistas samarios de gran talento y credenciales. Mucho menos de Darío Hernández Díaz Granados, “un pianista excepcional (como los otros) con presentaciones en el exterior, entre ellas la más notable: su actuación ante la Reina Astrid de Bélgica, el 3 de abril de 1934, en la que interpretó composiciones de su maestro J. Jensen”, como lo cuenta Ramón Illán Bacca en su habitual columna de El Heraldo.

Honorio Alarcón (1860-1920), de quien se dijo tocó a cuatro manos con F. Liszt, estudió en París y Leipzig y ganó premios internacionales. Me cuenta con tristeza Teresita Mogollón que en una sala del Conservatorio de la Universidad Nacional  había una placa con su nombre que, de la noche a la mañana, por una remodelación mal hecha, desapareció, igual que la tierra que lo vio nacer lo ignoró por siempre, como lo hizo con Bermúdez, Linero y Hernández, matando así  buena parte de la memoria musical samaria. Como estudiante del Conservatorio de París le fue concedido el premio Mendelsoohn, posiblemente el más grande obtenido por un latinoamericano por mucho tiempo. Además, le fue otorgado el título de “Virtuoso” por su impecable ejecución y técnica musical. 

No hay bustos ni recuerdos, ni siquiera menciones ni anécdotas,  solo está desde hace más de 40 años el profesor Carlos Avendaño en su escuela del Parque San Miguel dando clases de piano ya que el abogado, escritor y músico Franklin Zúñiga piensa cerrar su academia de violín, viola y cello. Se fue apagando el brillo instrumental y sus alientos sonoros de paz, ya no retumban panderetas, cueros, cuerdas y metales. Apenas lloran en la lejanía. Porque no hemos entendido que para vencer la criminalidad y la violencia, desterrándola del territorio hay que bombardearlas insistentemente con bombas de arte y de cultura y para eso o  para todo lo que se le parezca, “no hay con qué”, dice el gobierno.  

Ni creer fue lo que presagió Darío Hernández aquel día que encontró un porta-comidas encima del piano y juró nunca volver a darle clases a la recomendada del gobernador y, cuando, en una presentación con amigos, invitados y autoridades locales, después de interpretar con maestría a Chopin, Bach y Beethoven se escuchó un murmullo de insatisfacción y una voz altanera diciendo: “Oye Darío, ¿no sabes tocar algo chévere como Puya puyará?” El maestro se sintió herido en su amor propio y, poseído de una ira santa, tiró la tapa del piano, exclamando: “…en esta ciudad no me oirán tocar nunca más”. Y lo cumplió.