¿Dos cientos años de desarrollo?

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Escrito por:

Cecilia Lopez Montaño

Cecilia Lopez Montaño

Columnista Invitada

e-mail: cecilia@cecilialopez.com

El Bicentenario está dando pie para muchos balances, análisis que además de precisar nuestra historia deben permitir identificar esas profundas falencias que tiene el país.

Una agenda pendiente que no solo es inmensa, sino que debe sufrir cambios que no se están identificando o tomando con la seriedad que se requiere. Para empezar, como lo afirman quienes han estudiado esa parte de nuestra historia, debe reconocerse que el desarrollo económico colombiano es un hecho relativamente reciente. Solo empieza a tomar verdadera forma en el siglo XX porque los anteriores los perdimos en medio de guerras absurdas. Cuando nos lamentamos de muchos de nuestros rezagos, no tomamos en cuenta que todavía somos jóvenes, aunque ello no es excusa para justificar los errores del pasado.

Lo que sí es evidente es que hemos hecho la tarea a medias. Hemos cometido varios y graves pecados en este proceso de tratar de hacer de Colombia una sociedad moderna. Uno de los errores más serios es el no haber construido una base productiva sólida, una falla cuyo precio vamos a pagar caro si no se cambia la agenda de desarrollo rápidamente. La verdad es que ese crecimiento del que muchos se enorgullecen, con solo dos casos de crecimiento negativo, ha sido el producto de una secuencia de bonanzas relativamente bien manejadas gracias a una adecuada institucionalidad en el manejo económico.

En esta sociedad que sigue siendo patriarcal, se olvidan las 3 revoluciones que hicieron las mujeres sin las cuales hoy seríamos un país más atrasado. La revolución educativa, entrada masiva de las mujeres desde principios del siglo al sistema educativo, no como resultado de una política explícita. Hoy hay equidad de género en educación, en términos de acceso pero no de calidad. La revolución demográfica, a pesar de la Iglesia y de los hombres desde la década de los sesenta ellas redujeron su tasa de fecundidad de manera que el crecimiento de la población pasó de ser superior al 3% anual a 1,5% según el Banco Mundial, inferior a la tasa de reemplazo que es 2% anual. La tercera ha sido la revolución laboral a partir de la década de los 70 cuando empezaron a entrar masivamente al mercado de trabajo hasta hoy donde, cuando la mitad de las mujeres en edad de trabajar participan. Falta la otra mitad y este proceso avanza en forma demasiado lenta.

También se olvida un hecho insólito. Colombia junto con Sri Lanka son los dos únicos países del mundo, que en medio de conflictos armados internos, crecieron y avanzaron en indicadores sociales. Tal vez por haber sido una guerra rural ignorada por muchos sectores urbanos, este hecho insólito se olvida con demasiada frecuencia. Sin embargo hay dos elementos realmente negativos que deben tratar de abordarse de manera distinta si de verdad, queremos superar nuestro estado actual de desarrollo.

El primero de ellos es que Colombia y sus dirigentes han ignorado durante 200 años las bases estructurales de la profunda desigualdad que caracteriza al país. Esas grandes revoluciones que romperían barreras como la reforma agraria para derribar las causas de la concentración de la tierra; esa reforma política para acabar con el caudillismo; esa forma de encontrarle salidas al narcotráfico, no se han tomado con el compromiso necesario.

Pero lo más importante es enfocarse en los debemos hacer de aquí en adelante. El reto es aceptar que en el siglo XXI Colombia ha debido empezar a cambiar su agenda de desarrollo en varios sentidos, y no lo ha hecho. No seguir creciendo basado en bonanzas, la minero- energética, y empezar a construir una verdadera base productiva, agricultura, industria y servicios modernos, generar exportaciones con valor agregado y no solo productos primarios. Asumir como un verdadero compromiso empezar a cambiar el desarrollo contaminante que hemos tenido para movernos a uno sostenible y contribuir a reducir efectos del cambio climático. Reconocer los profundos problemas demográficos y pensar en serio en protección social. Aceptar la necesidad de hacer desarrollo territorial y no centralizado que reconozca la diversidad del país y su gente. Y por fin, comprometerse realmente con reducir la desigualdad de esta sociedad ¿Será que necesitamos otros doscientos años para hacer estos cambios?

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