De Luis Carlos a Carlos Fernando Galán.

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Escrito por:

Javier Lastra Fuscaldo

Javier Lastra Fuscaldo

Columna: Opinión

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En el ranking del 2018 de las mejores democracias entre 165 países según ‘The economist’, solo el 5% se consideran plenas. En Latinoamérica, Uruguay y Costa Rica son los que más se acercan a ese privilegio, en tanto Colombia ocupa el puesto  décimo del continente, ubicándose en el lugar de países con democracias imperfectas.

En la lista de la revista británica, Noruega, Islandia y Suecia ocupan los primeros lugares. Sin embargo para algunos politólogos e historiadores quienes defienden con un exceso de patriotismo las virtudes de la democracia Colombiana afirman que a esta no se le puede comparar con la de esos  países por razones económicas y culturales y por el contrario sostienen con optimismo que desde mediados del siglo XX  se ha venido presentando un proceso de consolidación democrática por dos hechos importantes como el  frente nacional de 1958 y el proceso de la constituyente de 1991.

Conceptos como el Estado Social de Derecho, el privilegio a la dignidad humana, la participación ciudadana, los derechos fundamentales, la separación de poderes públicos son hitos importantes pero que aún siguen en la teoría y el país en deuda con lo que pregona defender.

Basta con mirar las estadísticas y la realidad Colombiana. Miles de niños que mueren de hambre por enfermedades prevenibles, treinta millones de los cuarenta y ocho millones de Colombianos que viven en la pobreza según el Dane, la violencia que subsiste después de un proceso de paz y reconciliación, el flagelo del narcotráfico, alianzas electorales entre partidos antagónicos y feria de avales para ganar elecciones, las non sanctas elecciones y designaciones de jueces de altas cortes y organismos de control, desdibujan el concepto de democracia perfecta. 

Escuchar a Luis Carlos Galán y mirar nuestra realidad 30 años después de su violenta desaparición es como si nos estuviera hablando de los problemas que vive Colombia hoy. Cambiar  la conciencia del pueblo Colombiano a través de una nueva forma de hacer política, derrotar el clientelismo, devolverle la legitimidad y las buenas prácticas de los partidos políticos, erradicar el narcotráfico y la violencia fue su obsesión. Con semejantes  problemas estructurales aún vigentes a la democracia colombiana le sería imposible cumplir con su verdadera finalidad de ofrecer bienestar e impartir justicia plenamente.

El colombiano tiene muchas virtudes y mantener siempre viva la esperanza es una de ellas. En Bogotá, Carlos Fernando Galán, el hijo menor del inmolado líder ha despertado una gran expectativa de llegar a la Alcaldía amparado en los ideales y principios de su Padre, llevando un mensaje de no agresión, sin clientelismo, sin alianzas con los partidos políticos. Consolidar esta aspiración electoral en la Capital de la República además de garantizar la continuidad de todo los que funciona bien, sería la materialización de las ideas de Luis Carlos Galán, esas que no murieron en Soacha el 18 de agosto de 1989, un ‘renacer de la esperanza’ y un gran paso hacia la transformación de las costumbres políticas en Colombia.

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