Seguridad y narcotráfico

Columnas de Opinión
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Quisiera no tener que volver sobre temas tan trillados como el de la seguridad (o la inseguridad) ciudadana, para no volverme cansón.

Pero las circunstancias me obligan, dado que este es sin duda, el preferido por los medios de comunicación de aquí y de allá en Colombia. El de mayor espectacularidad, el más enrojecido y con sobrada capacidad para mover el morbo casi dormido de los compatriotas que ya no creen ni en las movilizaciones de tropas venezolanas y misiles en la frontera anunciadas por el comandante Maduro.

Quisiera escribir sobre la experiencia tranquila de un almuerzo con Apica (Asociación de Pensionados del ICA) en la sede del Club Rotario de Santa Marta en el Barrio Jardín. Maravillosa. De verdad se la gozan los asociados, se las ingenian para pasar un buen rato contando anécdotas, recordando sus mejores días y proponiendo, si los dejan, trasmitir lo que aprendieron en sus veinte y más años de trabajo, a las nuevas generaciones de pobladores del campo y así contribuir a superar el abandono y mejorar las condiciones productivas del agro en la más fértil de todas las regiones colombianas. Un recurso tan valioso que en este país se desprecia.

Pero no es lo que quisiera hacer sin renunciar a hacerlo, tratando de ahondar en los asuntos que como ciudadanía más nos afectan y de pronto lograr un acercamiento, una aproximación a soluciones que nos permitan por lo menos proteger nuestra integridad sin tener que encarcelarnos tras los hierros de una reja que nos dan tranquilidad más no seguridad. Sí, es que las calles de la ciudad son una amenaza. Nos infunden miedo, pavor, pánico. No exagero. Las noticias venden esa imagen turbia que cada día se recrudece al punto de convertirse en un laberinto sin salida.

En su momento, en tiempos de Pablo Escobar, nos quejamos porque el narcotráfico penetró todas las estructuras de la sociedad. Las penetró y las corrompió. Usó la violencia y se apoderó de dos tercios del territorio nacional y su incidencia en la economía se reflejó en el PIB. Una desgracia que parecía nunca acabaría. Pero a ratos nos volvió la esperanza al cuerpo. Unos capos cayeron y a otros los extraditaron. Se debilitaros y resquebrajaron sus organizaciones criminales y regresó la calma, aunque el narcotráfico siempre estuvo ahí, menos agresivo, pero vivo, 200 mil hectáreas de coca que alguien sembraba, regaba, recolectaba, procesaba, transportaba y vendía.

Mucha gente camella en este jugoso negocio y le va muy bien. Desde los más pobres hasta los más ricos e influyentes. Las inversiones en insumos, armas, tierras, mano de obra y transporte son cuantiosas, tanto como para morir peleándose el mercado. El esquivo mercado. Cada vez más vigilado y controlado por la DEA de USA, que se cierra por aquí y hay que abrirlo por allá, protegerlo, defenderlo de los usurpadores con la guerra, la única regla valida. Creció la venta en Bogotá, en las localidades de Bosa, Kennedy y Ciudad Bolívar, en Usaquén, Fusa y Chapinero pero de aquí van a las ciudades de Antioquia, Valle, Oriente y la Costa Caribe.

El narcotráfico fortalecido con bandas mejor preparadas que utilizan armas de largo alcance, se baten con la policía en plena vía pública y convierten a la capital en bodega y en tránsito de tracto mulas cargadas, cuyo destino está irreductiblemente marcado: aumentar como sea, a sangre y fuego, el consumo nacional “¿será acaso, para que soplemos felices sin dejar que nos alteren los anuncios de malestar que brotan de la TV, la radio y la prensa escrita?”.

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