La brecha entre la academia y las políticas públicas

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Escrito por:

Cecilia Lopez Montaño

Cecilia Lopez Montaño

Columnista Invitada

e-mail: cecilia@cecilialopez.com

La Fundación CiSoe realizó en 2011 un análisis de la relación entre la academia y la política en Colombia, México y Chile, y en ese momento era claro que existía una cierta relación positiva entre estos dos sectores en nuestro país.

De alguna manera, la falta en ese momento de una verdadera carrera académica llevaba a muchos profesores e investigadores universitarios a pasar a ocupar altas posiciones en el gobierno de turno. Las características de esa vida universitaria transmitían al ejercicio de cargos en el Estado la valoración de la investigación, la rigurosidad en el análisis de estadísticas, el apoyo a trabajos académicos para fortalecer decisiones de política pública, entre otras.

Actualmente, cuando abundan las universidades en el país, por razones aún no muy claras esa relación entre academia y política pública se ve debilitada. No se trata de afirmar que no existan investigadores ni académicos de alto nivel, porque eso llevaría a desconocer el hecho de que ha aumentado el número de centros de excelencia —a pesar del surgimiento de muchas universidades piratas—. Tampoco esta ruptura significa que no se realicen investigaciones de buen nivel. Por el contrario, muchas universidades están haciendo esfuerzos para elevar el nivel de formación de sus estudiantes para ofrecer al sector privado, sin duda, pero también al Estado, profesionales de buen nivel.

La pregunta es entonces cuántos de esos estudios que se realizan en centros de formación se traducen en estrategias del Estado para mejorar la sociedad colombiana y enfrentar sus eternos problemas de desigualdad y pobreza. Peor aún, cuántas de esas misiones de estudio sobre temas críticos, fundamentales para el país, se traducen en acciones o por lo menos son tomados en cuenta a la hora de formular estrategias gubernamentales. En este punto es donde se hace evidente la ruptura entre academia y políticas públicas.

Nada más frustrante que participar en esas misiones, muchas de ellas convocadas por el mismo gobierno, donde se reúnen los académicos más reconocidos y los exfuncionarios de mayor y mejor trayectoria durante largos meses, muchas veces sin remuneración. Salvo muy pocas excepciones, esos esfuerzos son archivados, despreciados por el gobierno, ignorados totalmente al diseñar las acciones que emprenderán. Un ejemplo reciente es la Misión de Transformación del Campo. Bastó con que la Reforma Rural fuera el punto uno de los Acuerdos de Paz con las FARC para que este gobierno ignorara totalmente ese esfuerzo, y peor aún, dejara marginado de grandes decisiones al campo colombiano. Ese esfuerzo se archivó en el gobierno Duque porque se hizo en el gobierno Santos, y de esa manera se perdió un gran esfuerzo para diseñar una hoja de ruta para el campo colombiano.

Cómo se explica esta brecha es un punto crucial para quebrar esta penosa realidad. El desprecio generalizado que ha producido el tipo de ejercicio de la política en Colombia puede haber tocado a toda la sociedad, y dentro de ella a la Academia. Esto se traduce en estudios que no influyen en las acciones del Estado; en estudiantes sin vocación de servicio público; en decisiones estatales de mala calidad. Por dónde se rompe ese círculo perverso es la pregunta del millón. Un gobierno que valore el conocimiento y no crea que solo la micro gerencia le corresponde puede ser el principio de este proceso. Pero no será suficiente si la política y los partidos siguen en esa profunda decadencia y niveles de corrupción. Cuando lo público se considere tan importante para una sociedad como lo privado, se abrirá ese nuevo espacio de relación entre la academia y las políticas públicas.

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