Memento mori

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

e-mail: tramosmancilla@hotmail.com

Los cementerios son lugares a los que –estando vivo- querría volver con mayor constancia. Quizás solo lo haría por acatar aquello del “Recuerda que vas a morir” latino del título de esta columna, o porque además considero que se trata de espacios en verdad sobrecogedores, cuya atmósfera de perpetua quietud nada logra alterar; o ya porque tales se me aparecen propiamente como sepulturas de futuros que no fueron, y ello merecería cuando menos algún reconocimiento, aunque sea extraño y ajeno, extemporáneo, callado o ausente.

En los camposantos de vieja usanza, urbanizados mediante la erección intercalada de pasadizos de bóvedas y de mausoleos familiares, con poco espacio para andar (pues allí a lo que se iba era a llorar), parece imperativo reducir la marcha hasta el mínimo, tal que el cuerpo hiciera memoria de algún olvidado hábito de divagación entre el aire frío de las losas, o acaso porque aquel acomodo repentino no fuera más que una suerte de anticipo de la vuelta de lo que no ha debido dejar de ser desde siempre.

Siempre. Siempre y nunca, palabras que en medio de la densidad marmórea de los muertos resultan significativas, porque entre ellos no abunda el tiempo para las mentiras: solo hay veras nunca dichas, que ahora se hacen realidad: siempre estarás ahí, nunca más te veré; siempre estaré aquí, nunca más me verás. Diálogo infinito entre quienes no pueden oírse. Diálogo de sordos que, sin embargo, insisten en el montaje de una obra teatral privada de público. Recuerdo en este momento un centenario panteón que visité y al que pude verle una vetusta lápida que apenas tenía un vocablo grabado en la gran piedra negra y brillosa de lujo, sin fechas ni nombres, sin epitafios ni adornos; solo decía: “¡Papá!”, así, con la tilde al final de las mayúsculas sostenidas, con los signos de exclamación en español bien puestos; detalles que, drama aparte, ayudaban a denotar con fuerza toda la carga opresiva de nostalgia, que empujaba duro desde la infancia, de quien no podría soltarle otra vez esa voz inocente a su destinatario original.

En otro de estos caminos de sepulcros enmohecidos a los que he entrado en soledad me detuve a presenciar la declaración de amor conyugal de un hombre a su esposa fallecida en los años cincuenta del siglo pasado. Quedó eternizado en la leyenda mortuoria que la mujer había muerto por enfermedad (prolongada, según se nota, posiblemente penosa). El doliente, despojado de cualquier pretensión de continuar, le escribió esta carta de despedida que a cincel limpio ha debido de costar Dios y ayuda terminar. Entre esas letras le confesaba de nuevo que ella había sido su “dulce fuente de paz y tranquilidad” durante todos los años de dificultades que habían vivido juntos, y que su abatimiento no tendría fin en lo que le quedaba de existencia. Han pasado seis décadas desde entonces, por lo que hace al menos cuatro que ese anciano señor ha debido de partir para estar al lado de su buena amiga, como lo deseaba –si no estoy citándolo mal-. 

Pero los depósitos de la muerte no son la muerte misma, ni creo que esta equivalga al fin ni a la agonía. Así como nacer es natural, morir también lo es, y vivir puede ser nada sino un trámite: el de ensayar para algo superior –como lo interpreta la cristiandad-, u otra cosa. No soy yo quien lo sabe, en cualquier caso. Lo cierto es que para aprovechar el día hay que entender la noche.