Independientes

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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

e-mail: tramosmancilla@hotmail.com

Me preguntan que por qué hablo tanto de la época de la Independencia, de la historia patria, del pasado en general, si ya nada de eso importa, si “el pasado ya pasó”, y “al pasado, pisado”, como la sesuda y profunda filosofía de Facebook lo pregona y lo simplifica todo en un dos por tres.
Que por qué me dedico, cuestionan, a rebuscar en tiempos remotos respuestas que con certeza no voy a encontrar, porque nuestra historia, además de convulsa, compleja y oscura, alimenta muchos vacíos que nunca podrán ser paliados, y por eso es mejor no pensar demasiado en ello (?). Que las ideas de aquellos revolucionarios ni eran originales (por francesas), ni eran tan benévolas como nos hicieron creer en el colegio cuando pequeños, sino que así fueron presentadas para poder fundar a la nación (que no debió de quedar muy bien fundada, agregan, porque las cosas por aquí no andan). Que hay que mirar hacia adelante.

Esta gente debe de ser de la misma estirpe de quienes, hace dos o tres siglos, estaban felices con lo que pasaba por acá. Aquí había un imperio que antes de haber llegado a estas tierras no existía; aquí se daba el ejercicio de un poder arbitrario que nunca hizo del todo el tránsito del extractivismo mineral forzoso al establecimiento de una cosa pública; aquí, en este país, no se surtían las garantías para el desarrollo de la vida individual, familiar y social como era debido; y, por eso, mientras en otras naciones “progreso” era y es una palabra de uso común, aquí no. Ah, y esa es también la razón de que la Guerra de Independencia fuera un cruento baño de sangre, para ambas partes, que terminó de fertilizar una tierra ya fecunda por designio natural.

Esos ciudadanos (los de ayer son los de ahora: indolentes ante a la pregunta de si tener o no un mejor país para vivir y morir) eran los que pensaban que para qué independizarse de la Metrópoli, si estando unidos a ella se habían civilizado estas selvas, y que, de todas formas, se vivía como colonia bastante mejor de lo que se hacía en no pocos países europeos de la época. Pragmáticos, les llaman. Yo les llamo apátridas, aunque sin tratar de ofenderlos: su gran falta no es la maldad, sino la ignorancia. Se trata, el suyo, de un capital desconocimiento de la libertad y de lo que de tal se deriva: la noción de igualdad y de, justamente, progreso colectivo. Tengo suficiente edad ahora, que no voy al colegio, para saber que un pueblo sin libertad no es nada sino un esclavo de sí mismo, y que, en ese sentido, ya no va a necesitar a otro que lo someta.

A mis amigos que subvaloran la gesta independentista hay que informarles que, de no haber estallado esa locura sudaca –y panchita- (que consistió en aprovechar el caos en que Napoleón Bonaparte sumió a los colonizadores en su propio feudo), la libertad se habría tardado en llegar algo así como un siglo y medio más; es decir: seríamos sesquicentenariamente más lentos. Pues lo que Bolívar y los demás guerrilleros nos regalaron, lo que hoy en verdad se celebra (el real bicentenario, no el de hace nueve años), es la posibilidad de ser más independientes como personas, ser hombres y mujeres más completos, y hacer lo que nos plazca con nuestras vidas sin estar limitados por una fuerza extranjera o por unos modos impuestos. Caminar con calma por un suelo que podemos llamar patria es un privilegio en este planeta de ligeros significados.

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