Sobre la corrupción galopante

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Escrito por:

José Vanegas Mejía

José Vanegas Mejía

Columna: Acotaciones de los Viernes

e-mail: jose.vanegasmejia@yahoo.es

Aunque no se quiera hablar de las situaciones que nos golpean, la fuerza de los hechos nos sitúan frente a realidades negativas que, lamentablemente, no van a desaparecer en un futuro cercano.

Nuestra columna de hoy tiene su motivación en un anuncio institucional que todos los días vemos en la televisión colombiana. La Procuraduría General de la Nación patrocina el mensaje en el que aparecen unos niños que en medio de su inocencia dan muestras de honestidad: “Cuando decimos mentiras, nos copiamos en los exámenes…, estamos siendo corruptos”.

     Un fragmento de ese mensaje equivale a decir: “Cuando presentamos certificaciones falsas sobre nuestros títulos académicos, estamos siendo corruptos” o “Cuando aplicamos ‘jugaditas’ y marrullerías en el Congreso, mostramos nuestra endeble moral”. Los gobernantes que ven y escuchan el llamado de estos chiquilines deberían sentirse perturbados, avergonzados; pero eso no ocurre, porque la corrupción en Colombia es inherente a la política; está arraigada en la índole del político. Si ese mensaje de la Procuraduría llegase a calar en la conciencia de nuestros niños, posiblemente las próximas generaciones hagan realidad uno de los postulados del doctor Antanas Mockus: “No todo vale”. Mientras tanto, habrá que esperar que los especímenes indeseables que manejan los hilos del poder desaparezcan, ya sea por cansancio o por física cárcel verdadera, pues por su propia voluntad o por arrepentimiento no van a dejar de delinquir.

     Hace unos días observamos y escuchamos en un noticiero de televisión el diálogo que sostuvo un ex Fiscal General de la Nación con un interlocutor cuyo nombre no recuerdo55. El ex alto funcionario le informaba ―en medio de risas― que tenía que dictar una conferencia  ante  agentes de la DEA sobre el tema de la corrupción en Colombia. Tenía razones para morirse de la risa, por lo paradójico de la situación. Después de hechos como ese, ¿qué le espera a la sociedad colombiana?

     Alguna vez nos referimos en estas Acotaciones a una obra del filósofo español Fernando Savater. “Ética para Amador” debería ser de obligatoria lectura para las personas que en cualquier momento pretendan acceder a cargos de dirección gubernamental. Muchas de ellas no saben que este tratado de Savater existe.

     También en noticieros vimos cómo una alta funcionaria recibía, casi con agrado, la sentencia que le imponía un juez por haber malversado unos dineros destinados no recuerdo a qué finalidad. En cambio sí recuerdo la expresión de la delincuente al enterarse de la “ajustada” pena: devolver el dinero que había recibido como fruto del ilícito. Es entonces cuando vienen las comparaciones: hace unos años un señor, en un centro comercial se apoderó de un paquetico de alimento concentrado, de esos que solo hay que echar en agua caliente para obtener una sopita. Era, seguramente, la única ración que tendrían sus hijos ese día. Esa “mercancía” tenía un valor de tres mil pesos. Pues bien; la condena fue de cuatro años de cárcel ―nada de casa por cárcel―. No sabemos si cumplió la pena. ¡Qué fácil y justo hubiese sido exigirle a ese padre de familia la devolución o el pago del mencionado producto al almacén! Se habría utilizado el mismo rasero que favoreció a la descarada funcionaria delincuente.

     Para cerrar el tema de este artículo volvamos al comienzo del mismo: los niños que hoy abogan por la no corrupción no tiene idea de las razones por las cuales se les armó el libreto que ingenuamente memorizaron e interpretaron. Ojalá, cuando sean adultos, puedan comprender a cabalidad la importancia de su clamor infantil y continuar afirmando: ¡Eso no se hace! Es un  llamado de atención que llegó tarde a los corruptos de ahora, pero hay que confiar en que tendremos un futuro mejor.

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