Cultura ciudadana

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Joaquín Ceballos Angarita

Joaquín Ceballos Angarita

Columna: Opinión 

E-mail: j230540@outlook.com
Elemento básico de la estructura vital y de la prosperidad de los pueblos. La civis que no la posee podrá crecer –vegetativamente- pero difícilmente logra un desarrollo racional, armónico, en convivencia civilizada, integral y amable.
Portará siempre el síndrome del gigantismo anormal: expansión urbana sin planificación técnica; estratificación plasmada en POT diseñado por huérfanos de experticia, disfuncionalidad en la que cohabitan en promiscuidad nociva estamentos y estratos disímiles y en donde los predios son utilizados para destinos incompatibles: clínicas, talleres de mecánica, latonería y pintura, restaurantes, para mencionar apenas unos ejemplos, en barrios residenciales. Complejos arquitectónicos, edificios confortables levantados en sectores selectos con poca extensión superficiaria, sin infraestructura de servicios básicos satisfecha: agua potable, alcantarillado; con vías de movilidad peatonal y automovilística estrechas y sin pavimentar.

Y ¿Qué decir de la inseguridad? Si por doquier pululan pandillas de viciosos y el hampa aterra a vecinos y foráneos. Y ¿De la salubridad? A la vista está el insoluble problema de las aguas servidas que brotan de los manjoles esparciendo fetidez y lixiviados. No obstante ello, son zonas clasificadas en estratificación seis, con incidencia en el valor catastral y con sus efectos impactantes en la facturación de los pésimos servicios públicos. Empero, siendo lo descrito suficientemente grave, agiganta la ostensible deficiencia de planificación urbana ver que ese irregular estado de cosas goza de tolerancia general que contagia de indolencia a las autoridades obligadas a encontrarle solución pronta y eficaz a tamaña anomalía. Esa pasividad colectiva y la indiferencia de la dirigencia local y de los administradores del Distrito, revelan, incuestionablemente, un mal que agobia a la ciudad: la falta de cultura ciudadana, reflejada en la apatía –ataraxia- de una comunidad saturada de conformidad insana, acostumbrada a permanecer inmersa en subnormalidad. Y si no es así -y hago vehementes votos por estar incurso en error al emitir este juicio- que se me demuestre lo contrario.

Que se exhiba gremio, grupo o adalid de la causa cívica que enarbole con talante erguido el portaestandarte de la reacción contra tan deprimente postración. ¿Dónde emerge la actitud propositiva aplicada a la tarea de encontrarle arreglo a la aberrante calamidad? Así como los pueblos que aceptan sumisamente la vulneración de su libertad son proclives a soportar la esclavitud ignominiosa, también las comunidades humanas de tanto ver pasar las aguas desbordadas de las alcantarillas, de respirar aire contaminado y de pisar el lodo, terminan por adaptarse al insalubre ambiente. Para infortunio, en la medida en que esto ocurre, se envilece el grado de cultura ciudadana del conglomerado que se amolda a vivir de tan mala manera, pues, irrefragablemente, los hábitos, las costumbres y el modus vivendi hacen parte del acervo espiritual y cultural de las gentes.

Lo comentado es bastante, pero, infortunadamente, no es todo en el mosaico de ocurrencias que deslucen a la ilustre villa de Bastidas, próxima a cumplir 494 de fundada; dotada por Dios –soberano esteta- de abundante hermosura y recursos naturales: mar, playas, bahías, ensenadas, ríos, la Sierra con los nevados impolutos, variedad de pisos térmicos y biodiversidad; con más de 500.000 habitantes y, ¡oh ironía lacerante! No cuenta con acueducto que satisfaga la demanda de agua potable. La falta de este líquido afecta en mayor o menor grado a toda la población, y el 60% del área urbana carece de redes de conducción de agua y de alcantarillado.

Es inverosímil que tan denso número de seres humanos padezca indefinidamente ese flagelo. Y magnifica el aberrante fenómeno saber que, ante la gravedad del mismo, no existe un proyecto serio, técnicamente concebido y financieramente viable para resolver a corto, mediano y largo plazo la desoladora crisis. A lo dicho se suma el caótico transporte en moto taxi –no homologado- y la creciente accidentalidad. Además, el exponencial incremento de invasión del espacio público, sin que aflore voluntad oficial de reubicar adecuadamente a los que lo ocupan, trocados, forzosamente, en clientela cautiva de alcaldes zascandiles ignorantes de la esencia doctrinaria del Estado social de derecho y, sin escrúpulo, han danzado en el “gran tinglado de la farsa”, la demagogia y la corrupción. Detengamos ahí las pinceladas que parcialmente dibujan el rostro venerable, pero nostálgico, de nuestra materna ciudad “Dos veces Santa”.

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