La Casona Bermúdez

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Carlos Escobar de Andreis

Carlos Escobar de Andreis

Columna: Opinión

e-mail: calli51@hotmail.com
En la historia de la arquitectura en Colombia y principalmente en la Costa Caribe el estilo neoclásico se ha denominado como arquitectura republicana y corresponde al tiempo comprendido entre 1850 y 1930 aproximadamente.
Se caracterizó principalmente por utilizar elementos formales de otros estilos del pasado clásico, gótico o influencias orientales. También fue importante en este periodo la utilización de nuevos materiales como el acero, el vidrio en grandes proporciones y el hormigón.

La casona de los Bermúdez en la Calle de La Cruz es eso, una mezcla armónica del neoclásico con otros estilos del pasado gótico, clásico e influencias orientales, así Teresita se empeñe en afirmar que es arquitectura republicana pura. Fueron los arquitectos Lelarge, Malabet, Cantini, Martens y Carrerá entre otros quienes se permitieron introducir modificaciones racionales como su aporte a la arquitectura de la región. Mantuvieron por ejemplo las alturas de los techos, el zaguán, los grandes ventanales, el patio central y en algunos casos, como éste, conservaron el aposento, la recamara, habitación y la cochera.

Esta propiedad fue adquirida, viniendo de Cartagena, por el doctor Carlos Bermúdez y su esposa Magola Cañizares para acomodarse allí con sus catorce hijos. Se la compraron a Antonio David, un gran señor, sirio-libanés, que en la esquina siguiente había mandado a construir un edificio al mejor estilo Art-Decó de dos plantas, puso en el primero la tienda, La Alhambra, donde se conseguían finos sombreros (borsalino y medfield) y calzado cuatro coronas para hombres, en el piso de arriba se mudó con su familia. La edificación está intacta.

El doctor Carlos Bermúdez, abogado reconocido en 1909 fue nombrado primer rector del Liceo Celedón y luego se desempeñó como magistrado. Muy apegado a la música y con vocación de maestro. De ahí que sus catorce hijos tocaran un instrumento: piano seurich fabricado en Leipzip (Alemania), violín, acordeón piano, tiple, maracas, panderetas y castañuelas que cuando sonaban todos al tiempo por los ventanales se escapaban las notas para que los transeúntes pudieran atraparlas como mariposas a su paso. Solo dejaban de sonar cuando debían guardar luto riguroso, negro forrado desde el cuello hasta los puños y debajo de las rodillas, por la muerte de un familiar y allegado. Con la muerte de uno de los padres la música se apagó durante siete años.

Aunque lleva hoy un disonante “Casa de Huéspedes El Níspero”, por un legendario árbol de esta especie en un rincón del patio central, su cálida esencia arquitectónica lucha por conservarse, sus silencios y la música que quedó en el ambiente ahora en boca de aves, dejando ver las marcas indelebles del salitre y la humedad en las alturas y el descomunal palo de mamón por donde se bajaban los cacos “buenos” a robar relojes de pared, “buenos” porque un día Magolita en camisola se encontró a uno cargando el reloj de la sala y le dijo: “…mira, para dónde vas con eso? …y él le respondió: “la necesidad seño, la necesidad”.

Los pisos Pompeya, qué lástima, muy resentidos por los remiendos, llorando la ausencia de las matronas Natalia, Anita, Isabel, Rita, Remedios y Magolita que no dormían hasta verlos relucientes y brillantes. Solo cambió el lugar a donde estaba el tinglado, sitio reservado para madurar los racimos de guineo, almacenar el carbón y algo de petróleo para las estufas. No dudo que aún deambulan de un espacio a otro los fantasmas que poblaban la gran casona de más de cien años. JJ Martínez dice que Santa Marta no ha muerto gracias a que aún viven los fantasmas en sus casas viejas.

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