¿Por qué yo?

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

e-mail: tramosmancilla@hotmail.com

Es relativamente fácil imaginarse la pregunta del título dando vueltas en la cabeza de Andrés Arias, el exministro uribista de Agricultura que acaba de ser extraditado desde los Estados Unidos hacia Colombia. Finalmente.
En su trinchera del Cantón Norte (a pesar de que el Juez Segundo de Ejecución de Penas de Bogotá ordenó su reclusión en la cárcel La Picota), Arias posiblemente se cuestiona, pletórico de autocompasión, por qué le toca pagar justo a él (que, antes de la mala hora que lo puso junto a Álvaro Uribe, era un académico con un gran porvenir), habiendo tanto corrupto peor en Colombia. Y, seguramente, la bronca consigo mismo se le acrecentará cuando recuerde una vez más que no tenía ninguna necesidad de aparecerse en los pasillos del jugoso y peligroso sector público, a desviarse de lo que estaba haciendo, si podía haber obtenido poder sin tener que exponerse haciendo política, pero figurando como técnico. ¿Para qué hacer eso?

Él, que es economista, debe de hacer este análisis a partir, por ejemplo, de la famosa teoría de la elección racional, que es una herramienta de la microeconomía para entender el comportamiento de los agentes en el mercado: todo el mundo tiende a buscar su beneficio y a evitar los costos. Así de simple. En su caso, ¿el beneficio consistía en dejar sus investigaciones y meterse al Gobierno a dedicarse a la politiquería para ayudar a terceros a enriquecerse? Puesto el asunto así, por supuesto que la respuesta es no. Pero si se contempla el escenario con todas sus luces se comprende mejor el problema: Arias entró como ministro en el año 2004 al entorno uribista a dedicarse a la politiquería para ayudar a terceros a enriquecerse, sí, porque acaso vio que, con ello, su aspiración presidencial se haría real, por lejana que en ese momento pareciera.

De modo que, en las lógicas del poder en Colombia, Andrés Arias hizo lo que tenía que hacer. En realidad, tan bien lo hizo que por poco no fue presidente de la República, en su condición de verdadero designado de Uribe en 2010, por encima del experimentado Juan Manuel Santos, o de un tal Iván Duque, al que nadie podía conocer. Sin embargo, el destino le guardó al exministro una de esas paradojas tan matemáticamente explicables, como impráctico es su efecto en la vida diaria: a pesar de que podría afirmarse que su preferencia por dedicarse a la política, y, una vez en ella, consagrarse a buscar la Presidencia, fueron decisiones racionales, debido a la utilidad que, era previsible, tales le depararían, el resultado final no tuvo nada de inteligente para sus intereses. ¿Por qué? Porque, como es conocido, Arias solía ser un pedante que creía sabérselas todas, pero que, en el fondo, no sabía ser bandido. A estos no los sorprenden nunca.

En cambio, contra él, la justicia funcionó: obró en derecho, siguiendo el debido proceso, la guarda del principio de la presunción de inocencia y el respeto por la garantía del derecho a la defensa. Fue Arias el que optó por evadirse a otro país, comportándose, en eso sí, a lo canchero truhan. “¿Por qué yo?” –repetirá para sus adentros, cuestionando la racionalidad de las elecciones racionales que a la larga no funcionan-. Pues, exministro, porque Colombia es un país extraño: aquí el crimen es ley, pero la gente no termina de admitirlo en su casa. Habrá entre nosotros delincuentes hasta para exportar, claro, pero eso no significa que siempre vaya a ser así.
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