La casa de Tata

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Escrito por:

Carlos Escobar de Andreis

Carlos Escobar de Andreis

Columna: Opinión

e-mail: calli51@hotmail.com
Cuenta el historiador Arturo Bermúdez Correa que la Calle de la Cruz fue llamada así porque detrás de la iglesia de San Francisco había un pequeño oratorio con una gran cruz, el “humilladero de la cruz”, que los españoles situaban a la salida de las ciudades, en este caso a la salida hacía el puerto, a un extremo del Centro Histórico de Santa Marta. Al lado del humilladero estaba la casa de Tata: Antonio Basilio Abello Vergara, casado con Rafaela Virginia De Andreis Capella.

Tata era un comerciante de raigambre, los Abello eran comerciantes, como los de antes, que llevaban y traían mercancías de diversa índole entre Santa Marta y la ciudad de Colón en Panamá. Tuvo diez hijos con Rafaela Virginia, cuatro eran varones y seis hembras. Los varones nacieron en Santa Marta y las mujeres en Colón. Un varón nació en Colón y se murió e igual le pasó a una niña que nació en Santa Marta y también murió.

La casa de Tata era acogedora y fresca. Tenía zaguán y doble puerta con aldabas. Patio central y un amplio corredor de mosaico ajedrezado a sus cuatro costados que unía todas las piezas: sala, antesala y salón, alcoba principal y auxiliar, cuarto largo para los huéspedes donde murió de asfixia Etelvina Abello de Durán en unas vacaciones de semana santa. Luego venía la cocina, alcoba de servicio y el comedor. Del otro lado, frente al zaguán, una oficina y una habitación adicional. Ahí vivió hasta el día de su muerte, acompañado de su hija Lola, su buen marido, don Nelson Sánchez, Margoth y Nelson, nietos de Tata.

En la casa de al lado, por un tiempo largo vivieron su hija mayor Ana María Abello, esposada con Abelardo Barrial Martinez, un español, asturiano de pura cepa, que la conquistó con aire de sheriff, montado a caballo percherón, cuando pasaba para la posada de la Compañía Frutera de Sevilla en donde se alojaban los empleados solteros, que quedaba justo al frente. Me cuentan Ana María De Andreis y Marta, sus sobrinas, que Anita, como le decían cariñosamente, mandó a instalar una campanilla en la puerta del escaparate de Tata, para que cuando la abriera sonara y así saber en la casa de al lado que aún estaba vivo.

La tía Ana y Barrial compraron la casa de Tata y la alistaron para bien vivir. En ella nunca faltó el vino ni la buena comida. Tampoco faltaron las visitas diarias de los de aquí y más de Barranquilla que de otras procedencias. Los Abello Moreno y los Abello Martínez-Aparicio, principalmente. La hija de Tata y Barrial vivieron aquí con sus vecinos Antonio David, las Sarmiento, Edmundo Abello Noguera, Marina Riveira y Darío Hernández el voraz incendio de la San Francisco en 1962 y un poco antes el del granero M.D. Abello y Cía., a un costado del antiguo mercado público. El negocio de Barrial, una bodega de medicamentos y una veterinaria, no ardieron a pesar de estar pegado al granero.

José Cantina, hijo del célebre músico callejero, del cuatro y del “llevo mangos de candela”, Jezell, mujer jamaiquina casada con el señor Douglas y Guara un albañil de Pescaito que construyó las poteras que adornaban el patio, de alguna u otra manera sirvieron en este nuevo hogar en la casa de Tata que ya no existe hoy, porque con un toque mágico de la “arquitectura moderna” borraron parte de la historia samaria impregnada en sus gruesas paredes, para darle paso al Hotel Boutique Casa Carolina de la 12 con tercera.

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