Sobre la lectura, otra vez

Columnas de Opinión
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Escrito por:

José Vanegas Mejía

José Vanegas Mejía

Columna: Acotaciones de los Viernes

e-mail: jose.vanegasmejia@yahoo.es

Mucho se habla sobre la desaparición del libro de papel en un futuro más cercano de lo que pensamos. Es un debate que se inicia, se suspende y, en todo caso, se elude. La culpa de que esta posibilidad se materialice la atribuyen al desarrollo incontrolable de la informática. Internet sería el verdugo del placer de abrir un libro para apropiarnos de su contenido.
Los defensores del libro dicen que jamás desaparecerá esa invaluable herramienta que nos pone en contacto con el saber universal. Pero por internet también llegan esos conocimientos, se responde. Entonces, la pregunta pertinente sería: ¿Uno de estos medios sustituirá al otro? Parece que no; lo ideal sería que se complementaran.

Creemos que el placer que produce la lectura tradicional, en libros físicos o de papel, no va a ser remplazado por algunas novedades que posiblemente ofrezca la lectura digital. Muchos lectores afirman que no son capaces de abandonar la grata sensación de cargar un libro y abrirlo en cualquier momento. Otros encuentran agradable “el olor a libro”, satisfacción que nunca alcanzarán ante el libro digital.

Con frecuencia nos asalta el temor de que los jóvenes no dedican tiempo a la lectura. Sin embargo, hay evidencias de que eso no es cierto. Cada época crea costumbres, que los adultos menosprecian muchas veces por diversos motivos. Por ejemplo, hace años, al ver a una persona leyendo novelitas o historietas ―llamadas ‘paquitos’, no sabemos por qué― se pensaba que estaban perdiendo el tiempo.

En verdad esos textos, muchos de ellos ilustrados con dibujos o fotografías, nada dejaban como enseñanza; pero esos apasionados consumidores de series como las de Marcial Lafuente Estefanía ―escritor español que desde 1943 escribió más de 3000 novelas del Oeste―, de Keith Luger y de autores de igual popularidad, lograron que muchas personas aprendieran a leer. Para celadores o vigilantes nocturnos de empresas comerciales era indispensable tener entre sus ‘herramientas’ de trabajo un ‘arsenal de paquitos’ escondidos a la mirada de sus jefes, por supuesto.

Cuando apareció el radio de transistores, descendió para ellos el volumen de lectura, pero esos pequeños libros siempre estuvieron allí, al lado del ‘tintico’ indispensable. Estamos en otros tiempos, claro está. Las costumbres han cambiado y es normal que los jóvenes vivan pegados a los aparatos modernos que la informática pone a su disposición.

En un extenso artículo publicado en el periódico capitalino El Tiempo el día 16 de junio de este año se afirma que los adolescentes “consumen grandes volúmenes de textos escritos en diferentes formatos”. Aunque la crónica se refiere sobre todo a los jóvenes argentinos, pensamos que la autora, Cristina Alemany, hace extensiva esta apreciación a toda la población joven de América Latina. La expositora es Presidente de la Comisión de Actividades Juveniles de la Feria del Libro de Buenos Aires. Y aunque en el artículo citado no se menciona el cansancio visual que produce la exposición por tanto tiempo frente a la pantalla de un computador o de una tableta, ni los perjuicios colaterales derivados de esta lectura digital, el libro de papel sale triunfante por sus propios medios, mostrando las bondades que muchos lectores llaman ‘encantos’.

Sinceramente, no creemos que en Colombia se esté produciendo este fenómeno, si nos basamos en las afirmaciones de la señora Alemany, quien agrega: “Hoy la lectura juvenil representa entre el 22 y el 25% del mercado; lo que pasa es que no leen lo que los profesores o los padres quieren. Leen lo que ellos quieren y tienen poder de decisión, y leen a una amplia gama de autores”. Aunque las investigaciones de la señora Alemany son optimistas, pensamos que en América Latina la lectura, en personas de cualquier edad, no alcanza el nivel deseado.
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