Riohacha ilegal

Columnas de Opinión
Tamaño Letra
  • Font Size

Escrito por:

Carlos Escobar de Andreis

Carlos Escobar de Andreis

Columna: Opinión

e-mail: [email protected]

Por creerme el más aficionado al urbanismo rupestre de Urbanita Miranda (husmear y husmear sobre la realidad citadina), me volví un maniático que goza “poniéndole el ojo” a cuanta ciudad visita en estos u otros lares. Me motiva saber qué se traen, qué esperan de ella sus moradores y qué tantas y de qué tamaño son las oportunidades que ésta les puede brindar.

Es una manía que heredé de un amigo arquitecto de Juan de Acosta que fue mi profesor en la escuela de arquitectura de la universidad del Atlántico. 

Visité Riohacha la semana pasada. Cuatro días fueron suficientes para percibir un aroma hostil, a pesar del trato amable de los riohacheros, como su perfil de ciudad. Tan fuerte, que no pude evitar traer a mi frágil memoria la frase de uno de la larga lista de gobernadores que pasaron por ahí durante el presente periodo: “…si La Guajira es la mata de la ilegalidad, Riohacha es la síntesis perfecta (…) aquí todo es ilegal…” Sin embargo, intenté no dejarme llevar por tan estéril recriminación pero fue inútil, la realidad inclemente me atraía como imán hacía ella.

Anticipando una conclusión puramente sensorial, debo decir que la gente de Riohacha se acostumbró a vivir en la más descarada ilegalidad, sentí que es lo común y usual y que, ser ilegal es tan normal como comer chivo guisado. Quiero mostrarles únicamente tres hechos que “al rompe” me impactaron, ya que nunca antes vi algo igual o siquiera parecido en otras ciudades que visité:

En la esquina del hotel cuatro estrellas en donde me alojé la primera noche hay un parqueadero de 24 horas. Cuando llegué con el auto que conducía vi diez más de alta gama muy bien acomodados en una fila de cinco, uno detrás de otro. Lo arrinconé contra la pared cerca a la salida para no tener que dejar la llave y pregunté cuánto me costaría la noche. Cinco mil sin recibo ni registro como tampoco lo hubo en el hotel. Bien temprano regresé y mi sorpresa fue ver que los vehículos alineados aún estaban ahí. El dueño del garaje le espetó a mi sorpresa: “…esos, están empeñados, les cobro intereses más parqueo…”

La calle 15 es la vía principal que viene de Santa Marta y comunica a Riohacha directo con Maicao. La engalanan cinco puentes peatonales recién pintados de un rojo chillón. Cómo no verlos. Lo que no vi fue a nadie cruzarlos. Cuentan que lo intentó un cachaco muy formal que, ajustándose a la legalidad, se atrevió a hacerlo, evitando una multa o un porrazo de camión guajiro. Sus palabras de indignación lo dicen mejor: “…a la gente de aquí le gusta la ilegalidad, pero sobre todo le encanta la porquería…”, refiriéndose a que los puentes peatonales son los baños públicos de la ciudad en plena avenida 15.

Desde mi llegada, me llamaron la atención las inmensas colas para comprar gasolina en las estaciones de servicio. Pensé en lo engorroso que sería tanquear para devolverme a Santa Marta. Algo pasa y no será que el volátil combustible escasea, porque no escuché esa mala noticia. Me enteré por boca de mi casera que “como cerraron la frontera con Venezuela y están más pilas con lo del contrabando, la gasolina del vecino país no entra y la cola es de los carros que jamás la compraron legalmente y, los dueños de las estaciones premian  a sus habituales clientes, dejándoles un surtidor exclusivamente para ellos, sin colas”. Claro que antes del cierre de la frontera, ellos también vendían gasolina de contrabando.

Publicidad