A estrenar la democracia

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Hernando Pacific Gnecco

Hernando Pacific Gnecco

Columna: Coloquios y Apostillas

e-mail: hernando_pacific@hotmail.com

Cada vez que sucede algo aberrante en nuestro país, de manera refleja y reactiva se piden leyes más duras y castigos más severos, pena de muerte incluida; más aún, ciertos sectores sociales justifican la justicia por mano propia.

¿Quién no se conmueve ante la violación y asesinato de una niña, quien no se indigna por los atropellos a un anciano, el homicidio por un celular o un par de zapatos, o el linchamiento de personas por asuntos deportivos?  Pero en las cárceles de Colombia hay hacinamiento inadmisible, no rehabilitan los detenidos y, por el contrario son, en general, centro de formación, especialización y perfeccionamiento para delincuentes. Y en este punto surgen preguntas: ¿son soluciones reales y efectivas las prisiones, la cadena perpetua o la pena de muerte?  Es menester, por tanto, analizar el papel actual de las cárceles y las razones por las cuales en Colombia se atiborran de modo inhumano. Inclusive, se debe revisar el sistema punitivo moderno, dadas las tendencias actuales, orientadas a la rehabilitación, resocialiación, reparación del daño causado y la necesaria sanción social.

¿Por qué la delincuencia en nuestro país es tan elevada? Naturalmente, en todas partes hay delincuentes y delitos; pero en las sociedades más desiguales y excluyentes, hay tasas inaceptablemente elevadas por obvias razones: desempleo, mala remuneración laboral, políticas macroeconómicas excluyentes para buena parte de la sociedad, fuga de capitales, corrupción desaforada que reduce la inversión social, legislaciones que fomentan las concentración de  recursos en pocas manos, la entrega de activos productivos y de recursos naturales a ciertos amigotes a cambio de nada, la destrucción de los ecosistemas y todo un extenso catálogo de iniquidades que permite florecer la criminalidad. Todavía más: nuestra sociedad parece no conmoverse con la infame descomposición que tiene como objetivo el saqueo al erario, causa de tanta iniquidad, guerra fratricida y eterna, y actos de gobierno orientados al beneficio de pocos y el perjuicio de la nación.

Es algo así como que si no me afecta directamente, me importa un bledo. Lo aparentemente abstracto poco nos preocupa. Situación que aprovechan los oportunistas para chupar los fondos nacionales, como cualquier vampiro. Algo peor; en ciertos casos, hay al menos tolerancia de las autoridades con ciertas formas de delito, cuando no complicidad. Y, de remate, las interpretaciones judiciales son variadísimas, pero con tendencia a castigar al desprotegido y favorecer a los grandes delincuentes, si es que los pueden llevar ante los tribunales, para no hablar de legisladores venales que orientan su acción a favorecer a sus grupúsculos de poder. Un círculo vicioso difícil de romper, protegido por poderosos medios de comunicación masiva que se favorecen de ello y están prestos a callar hechos o desviar la atención de los hechos más lesivos que azotan nuestra sociedad, así como aparatos de propaganda dispuestos a estupidizar a amplios sectores de la población.

La democracia, entendida en sus formas modernas, no se trata de elegir gobernantes de excluyentes listas prefabricadas. Es la participación activa del ciudadano en los esquemas de gobierno, y el control a los actos de los dirigentes, especialmente en la toma de decisiones. La antigua democracia representativa (que jamás ocurrió en nuestra patria) ha devenido en la democracia participativa. La actual constitución, en la mira de los políticos tradicionales, permite ejercer veedurías y control a los actos de gobierno. Naturalmente, esta es la causa del bombardeo permanente hacia la ya maltrecha Constitución Política de 1991. Mire usted si los proyectos legislativos anticorrupción son bienvenidos en el Congreso, o cómo se incrementa la carga tributaria en el ciudadano de a pie, mientras los grandes capitales, que poco aportan al desarrollo social, son favorecidos con reformas a su medida. Un estado Robin Hood al revés, que se apalanca en falacias y mentiras para sostener un modelo neofeudal.

Las naciones  más avanzadas socialmente gozan de modelos democráticos dentro de distintos sistemas político, encaminados a favorecer principalmente al ciudadano sin perder de vista las inversiones productivas de capital, a las cuales apoyan decididamente. Colombia está en mora de estrenar la democracia. Si algún día llegamos allí, automáticamente la criminalidad llegará a niveles similares a los de naciones donde la democracia se aplica debidamente. Es lo que nuestros dirigentes se niegan a entender.

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