El retorno

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Jesús Dulce Hernández

Jesús Dulce Hernández

Columna: Anaquel

e-mail: [email protected]

Lo sé. Algunos de ustedes esperaban verme en los escenarios cantando vallenatos o algún tipo de mezcla entre balada pop y rock en español. Mis tías vieron truncadas sus esperanzas al ver que la más reciente promesa familiar de éxito palidecía frente al mundo de la academia y el tecnicismo profesional.

Lo cierto es que el presente a veces se muestra más afable de lo que pudo parecer el futuro; y es por eso que hoy he decidido, gracias a la oportuna intervención del diario EL INFORMADOR, que me vio elucubrar mis primeros pensamientos académicos, volver a tener contacto con la tierra que me vio crecer, para bien o para mal, en el mundo del arte.

Fue en ese mismo mundo donde descubrí que la verdadera razón de mi existencia no rayaba sólo en lo inmaterial de la música, sino además en lo inteligible de la literatura. Y aunque pocos son los amigos cercanos a esta pasión, que desde hace años viene creciendo y quemando como la lava en los volcanes, son ellos y la familia, la universidad y el trabajo, cada experiencia vivida, lo que representa el tejido espiritual e intelectual que a cada uno de nosotros rodea, aunque no lo parezca.

Esta primera columna, un poco desvertebrada por cierto, es una simple introducción a una serie de reflexiones literarias con las que espero poder acercarme poco a poco a ustedes, queridos lectores, sin que falte en algún momento a la crítica, responsable y pertinente. Además, creo que es hora de que Santa Marta empiece a preocuparse por sus niveles de lectura y por generar espacios propios para el debate intelectual y académico.

Debo confesar que cada vez que voy a la ciudad hospitalaria, uno de mis más grandes placeres es ir al café que queda al lado del Banco de la República y detenerme en el tiempo leyendo hasta que el sol caiga tras el mar.

En una de esas visitas, hace ya algunos meses, estuve caminando por las calles del centro histórico samario buscando una librería decente; debo decir que no la encontré. No obstante, me pareció llamativa la existencia de un local muy pequeño ubicado frente al costado izquierdo de la Catedral, que es lo que más se asemeja a una buena librería.

Creo que es un buen comienzo para aquellos que quieran empezar a acompañarme en este ejercicio, ir allá y buscar un buen libro. Es necesario resaltar que en Santa Marta hay quienes confunden de buena gana librerías con papelerías. Quienes caen en esta trampa, deben saber que no es lo mismo un lugar donde venden papel contact y colores prismacolor, a uno donde venden un clásico de Heródoto y la más reciente obra de Mario Vargas Llosa o Enrique Vila-Matas.

Tampoco es cierto que todo el mundo deba leer lo mismo, porque de ser así la gente sería aburridísima. Lo que si hay que anotar es que es fundamental prevenir a quienes tienen el vicio arrollador de la lectura, como yo, de caer en la pérdida entusiasta de tiempo y de dinero, comprando libros que no pasan de ser papel impreso, cuando podrían estar conociendo el mundo entero sin salir de su habitación.

Para terminar, porque el espacio nunca será suficiente, debo decir que es mucha la ilusión que me hace retomar el contacto con los asiduos lectores de este diario y poder abrir espacios donde la imaginación y la cultura tengan rienda suelta. He decidido llamar a esta columna "Anaquel", haciendo alusión al tema literario. No debe confundirse el nombre de la columna con el título del artículo; es decir, desde hoy y cada quince días, siempre habrá Anaqueles en EL INFORMADOR.

El retorno

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