Esperanza o vana ilusión

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Carlos Escobar de Andreis

Carlos Escobar de Andreis

Columna: Opinión

e-mail: calli51@hotmail.com
Son tantas y de tan diversa naturaleza las presiones que a diario nos acosan en Colombia que a veces quisiéramos despertar en un paraíso libre de conflictos y necesidades.
Es decir, que una buena mañana -no como Gregorio Sansa que lo sorprendió la aurora convertido en una horrible cucaracha- nos levantemos sabiendo que nuestra vejez como la de todos los colombianos que trabajamos honestamente está asegurada hasta la muerte, porque contamos con los recursos estatales que nos garantizan salud, bienestar y descanso.

Pero para que lo anterior no sea una promesa de cumbiambero, habremos de abrir los ojos frente a un hermoso y perfumado amanecer, disfrutando de un paisaje limpio y sano, cubierto de vegetación joven que se mece suavemente al vaivén de unos vientos frescos que danzan al compás que nos trae el trinar de las aves.

Que sea ese el mismo aire que respiramos mientras andamos por la ciudad confiando que la podemos recorrer con los ojos cerrados, sin prevenciones ni temores ciertos o infundados.

Tanta belleza podría esfumarse si dejamos de percibir un gobierno políticamente fuerte, con un presidente con pantalones bien ajustados, autónomo, firme de principios y convicciones, que respeta los derechos de los demás y se sienta a hablar con nosotros y nos escucha; con un congreso de congresistas correctos que legislan sabiamente para que ministros, mandos medios, gobernadores, alcaldes y el pueblo que somos nosotros unamos con alegría nuestros mejores esfuerzos en favor de propósitos colectivos comunes y de primer orden.

Para que nuestros píes se desplacen sobre pisos duros de territorios consolidados, iguales para todos, bien atendidos y mejor dotados, con abundantes fuentes de empleo y puestos de trabajo, de espaciosos lugares abiertos y ciclo-rutas, senderos peatonales, alamedas, baños públicos, redes gratuitas de comunicación, salas de lectura, de cine, música y teatro, bibliotecas, comedores e improvisados cafetines a donde lleguen los contadores de historias y los perniciosos contertulios a mascullar sus recuerdos o a embelesarse con sus extraordinarias pasiones.

No sé si esto que escribí es una esperanza o una vaga y efímera ilusión que se nos va metiendo de cualquier forma en la cabeza para hacernos escapar de la tortura a la que nos someten los medios y los comentarios impertinentes desde bien por la mañana hasta el anochecer: que la crisis del agua, que los deslizamientos de tierra y las inundaciones, que las voladuras, que la contaminación de los ríos, la minería ilegal y el narcotráfico, que las objeciones del presidente a la JEP, que la polarización, que los congresistas que no asisten, que los feminicidios y los homicidios sin política de género, el abuso a menores y el maltrato a mayores, el paro indígena y el de los camioneros, que el dengue, el N1H1 y la Chicunguña. Es decir, lo peor cada día.

La esperanza nos la venden como “un estado de ánimo optimista, positivo, basado en la expectativa de unos resultados favorables relacionados con eventos, situaciones o circunstancias de la propia vida o el mundo en su conjunto” y la ilusión, como “una percepción o interpretación errónea de un estímulo externo real”, pero a la larga vivimos una prolongada y constante incertidumbre frente a lo que nos pueda ocurrir mañana.

Ni los más avezados economistas, ni los más entendidos políticos, ni los más acuciosos investigadores, ni siquiera los más juicos prestidigitadores dan con el chiste de lo que podrá sucedernos en el inmediato futuro, porque en las actuales circunstancias nada es predecible sino el desastre visto por el arzobispo de Cali: “…el peligro por ser una Nación herida”.

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