Ton Abello

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Carlos Escobar de Andreis

Carlos Escobar de Andreis

Columna: Opinión

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“Ton Abello”, así llamábamos familiarmente a Alberto Abello Vives. Decirle “Ton” era sentirlo cerca, aunque sólo estuviéramos refiriéndonos a él, como lo haremos de ahora en adelante, después de su muerte.
Sabíamos bien de quien se trataba: era hombre sereno, fresco y risueño. Preguntón. Quería saber de los amigos que había dejado en Santa Marta donde nació, en Bogotá donde creció, en Cartagena donde trabajó y en las demás ciudades que visitó para hablar de la Costa Caribe, de sus recursos, de su cultura y de su atraso.

También le encantaba compartir con la familia. Preferiblemente alrededor de un plato típico costeño: carne en posta con arroz de coco, salpicón de bonito, arroz de camarones con plátano melado, mote de ñame, yuca frita y empanadas de Doris. Jamás perdió el gusto por una buena sopa de minestrón de las manos de una descendiente de Giuseppe De Andreis.

Él mismo provocaba estos ambientes con el deseo, con las ganas de degustar lo nuestro, se hacía invitar, incluyendo un prolongado reposo a manera de siesta en hamaca, en una mecedora momposina o en una de palitos.

Se sentía en lo suyo. Recorrer y regodearse en las costumbres de su tierra amada, le permitió la agudeza para interpretar, sin perder el sabor, los hechos y situaciones que frenaron el desarrollo de la región que habitó de niño y luego como adulto. Conservó su acervo de intelectual sin poses hasta el final, crítico hasta que más, generador de dudas, sembrador de inquietudes, promotor de reflexiones que ayudarían a entender la razón de ser de una cultura que no cesa de mostrarle al mundo sus riquezas musicales, sus danzas, sus mágicas historias de amor y desengaño, sus posturas ideológicas y sus comidas.

Largas e interminables horas de apasionadas conversaciones con sus amigos dedicó a la búsqueda de las ideas que le ayudarían a desentrañar las causas de la “mala suerte” de nuestro abandonado territorio. Y largas e interminables lecturas de la realidad que quedaron consignadas en la revista Aguaita. Desde el Observatorio Caribe convocó a los mejores y más diestros urbanistas para escudriñar la ciudad, a los más avezados ecologistas para saber más del medio ambiente costero, a los maestros, a los investigadores, a los economistas, a los empresarios y los dirigentes cívicos para indagar sobre el real estado de nuestra capacidad productiva y de generación de empleo, de nuestra educación, salud y de nuestro bienestar.

A Ton, digo yo, le faltó tiempo para culminar la tarea que él mismo se impuso. La muerte lo sorprendió sin haberle puesto el sello a ese importante legado que nos deja. Ahí está disponible para las generaciones que vienen. Cuántas respuestas encontrarán en los anaqueles que él ayudó a construir con su tenacidad y optimismo. Como si al momento de sus últimos dolores les estuviera diciendo: “…ahí les dejo, utilícenlo como punto de partida de sus indagaciones, sigan la senda que les permitirá descubrir quiénes somos y cuánto valemos…”

Han transcurrido cuatro días y no me acostumbro todavía a saberlo muerto. Como de seguro les pasará a Teresita y a Carmen Cecilia, sus hermanas, a quienes entrego mi voz de aliento, todos mis afectos, mi solidaridad y mi deseo de que puedan resistir tan duro golpe. A mí, de Ton me queda un imborrable recuerdo del día que falleció su hermano José Francisco. En la puerta de la iglesia, cuando se bajó del carro, me abrazó fuerte y me dijo al oído entre sollozos: “…yo sé que tú también lo quisiste” y me dio un beso en la mejilla.