La literatura de Julio Verne como incentivo

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Escrito por:

José Vanegas Mejía

José Vanegas Mejía

Columna: Acotaciones de los Viernes

e-mail: jose.vanegasmejia@yahoo.es

En este mes de marzo se cumplieron 114 años del fallecimiento de Julio Verne. Se nos presenta, pues, un pretexto para hablar de literatura, sobre todo de literatura para los jóvenes, de la cual Verne es uno de los padres. Hablaremos de este escritor más adelante en esta misma columna.

Seguramente se dirá que recalcamos con cierta frecuencia sobre determinados temas. Y es cierto. Por ejemplo, aprovechamos cualquier oportunidad para recomendar lecturas que de alguna forma contribuyen al incremento de la cultura, principalmente en quienes apenas inician su contacto con la literatura. También llegan esas recomendaciones a lectores adultos ávidos, si no de conocimientos, por lo menos de información complementaria que a todos se nos escapa. Si de algo sirve esa insistencia nuestra, nos sentiremos útiles, aunque solo nos situemos en el lugar de simples promotores de buenos hábitos.

Hablando de repeticiones temáticas, debemos insistir en la conveniencia de inculcar en los niños y jóvenes el amor a la lectura. Y, como lo hemos hecho en ocasiones anteriores, recomendamos para ello textos sencillos que despierten en esos lectores el deseo de aventurarse por el camino de la escritura. Es posible que el novel lector, al descubrir el lenguaje sencillo utilizado por al autor, lo tome como modelo y se anime a escribir algo parecido. De esta manera el misterio de la escritura quedará dilucidado para él. Al fin y al cabo, si nada es original en la literatura, eso significa que siempre habrá imitaciones. Como ejemplo tomamos el libro de relatos ‘Doce cuentos peregrinos’, de Gabriel García Márquez. Sin centrarnos en el análisis de esos textos, debemos admitir que su lectura atrapa definitivamente al lector.

Volvamos a Julio Verne. Ofrecemos un breve bosquejo de uno de los más grandes y reconocidos narradores universales, quien falleció el 24 de marzo de 1905 en Amiens. Este escritor francés nació en Nantes el 8 de febrero de 1828. Algunos de sus relatos son precursores de: la televisión, el helicóptero, el submarino y naves espaciales. Su primer éxito lo obtuvo con ‘Cinco semanas en globo’ (1862). Como agente de bolsa viajó a Inglaterra, Escocia, Noruega y Escandinavia. El escritor francés también viajó por África y América del Norte, lo que desarrolló su entusiasmo por los relatos de aventura mezclados con avances científicos. La novela ‘Viaje al centro de la tierra’, por ejemplo, obligó a Verne a investigar sobre geología, mineralogía y paleontología. Iguales exigencias superó para el resto de sus obras: ‘De la tierra a la luna’, ‘La vuelta al mundo en 80 días’, ‘Veinte mil leguas de viaje submarino’, ‘Las aventuras del capitán Hatteras’, ‘Los hijos del capitán Grant’, ‘En torno a la luna’, ‘La isla misteriosa’, ‘Miguel Strogoff’, ‘Un capitán de quince años’, ‘Las tribulaciones de un chino en China’, ‘El faro del fin del mundo’, ’Los viajes del capitán Cook’…

Podríamos destacar también las obras de autores cuyos relatos son atractivos para lectores adolescentes: Emilio Salgari, Jack London, Heman Melville, Robert Louis Stevenson, entre otros. Sin embargo, es Julio Verne, con sus relatos sorprendentes de aventuras e inventos que dejaban atónitos a los niños y jóvenes de hace algunas décadas, quien ocupa el centro del presente artículo literario. Poco se habla de dos obras publicadas después de la muerte del autor. Son ‘El eterno Adán’ (1910) y ‘La extraordinaria aventura de la misión Barsac’ (1920). En ellas Julio Verne se muestra escéptico y preocupado por los resultados que el desarrollo de la ciencia y la tecnología pueda producir sobre la especie humana. Paradójicamente, son las mismas preocupaciones que nos desvelan después de más de un siglo de la muerte de Verne.

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