¡Basta ya! Los docentes no son culpables

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Escrito por:

José Vanegas Mejía

José Vanegas Mejía

Columna: Acotaciones de los Viernes

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Entre los temas que llaman la atención por estos días está la dicotomía Educación pública / Educación privada. Las variantes para abordar esa interminable discusión son muchas. Una de ellas es la “calidad” de una y de otra. Los gobernantes de todas las épocas siempre han sentido temor ante la posibilidad de que el pueblo raso acceda a la educación. Una comunidad analfabeta es la que les conviene porque les sirve con sumisión. Educar al pueblo es preparar “cuchillo para su garganta”.

Si tuviésemos en cuenta que los docentes que se desempeñan en ambos tipos de educación son los mismos, y que no establecen diferencias de acuerdo con el carácter de oficial o privado al cual prestan sus servicios, quedaría eliminado por lo menos uno de los factores que originan la mencionada polémica. Nos dice al oído el Viejito Intruso –perdido desde antes de los carnavales– que una vez tuvo que refutar las opiniones de un gamonal, quien afirmaba que era un error del Estado brindarle educación a la gente pobre. Presionado para que expusiera sus razones, el potentado de marras confesó: “Me aterra la idea de no encontrar quien ordeñe mis vacas”. Ese pensamiento está de acuerdo con el contenido de la canción “El mundo”, del cantautor Calixto Ochoa; en resumen dice que si todos fuésemos ricos nadie trabajaría.

El docente es un guía para sus alumnos y no puede negarles el acceso a la realidad. Con el auge de la informática los jóvenes, y hasta los niños, acrecientan sus conocimientos y con Google y otras herramientas del Internet se adelantan a lo que sus profesores brindan en el aula. De ninguna manera puede evitarse que los hechos de la historia sean conocidos como realmente ocurrieron. Y los estudiantes, como dijimos en una Acotación anterior, “cogen el aroma en el aire”, como el chupaflor. Observan, estudian, analizan y sacan conclusiones sin necesidad de que los profesores los lleven de la mano. En un programa humorístico, el sábado 9 de este mes, un niño de siete años expresó su opinión sobre un personaje de la vida nacional. A su edad, fue capaz –como muchísimos niños— de procesar la información y los conocimientos que gravitan en el panorama nacional y darnos un ejemplo aplicado al término “corrupto”. A su lado no había un profesor.

Cuidado se va a llegar al caso del presidente Jair Bolsonaro, del Brasil, quien ha solicitado a los estudiantes que vigilen a sus profesores en el aula y los denuncien si consideran que les habla de política. Este presidente se jacta de ser ultraderechista. Antecedentes así tenemos en Chile con Pinochet y en Perú con Fujimori; los resultados todavía afectan a América Latina. En Colombia el actual presidente, que se sepa, no ha propuesto algo parecido; pero llegan a sus oídos voces tenebrosas de personas que en nada envidian a los mencionados dictadores.

Los políticos que ven peligrar su eterna fuente de votos quieren que se niegue la realidad de la violencia que miles de niños vivieron en los Montes de María; que nadie los incentive para que descubran las causas de su desgracia. Esa es la razón por la cual el senador Álvaro Uribe propone que la educación primaria y media pase al sector privado, además, con financiación del Estado. (Declaraciones en ElTiempo.Com, 5 de marzo 2019). El expresidente tiene la esperanza de que no se les mencione el origen de las masacres que los convirtieron en huérfanos y desplazados. No es otro el motivo. Pero la realidad golpea y es inocultable. ¡Basta ya de afirmar que los docentes de instituciones públicas adoctrinan a sus alumnos!

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