La palabra volante

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

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Escribir palabras con el único fin de decirlas ante otros, a través de discursos, es la antítesis de la propia escritura.
La mayoría de la gente no escribe para que resuenen sus ideas en el aire, ya sea que se trate de concepciones de tipo académico (que van acompañadas de sus demostraciones, ciertas o no), de estirpe literaria (en las que se usan palabras muy precisas para que las mismas puedan tener el significado pretendido), de género jurídico (que no son propiamente ideas, sino argumentos de ataque o de defensa), de índole política (las que tampoco son ideas, sino manipulaciones muy elaboradas), o de cualquier otra clase. En realidad, siempre que se la pone en el papel, se da por sentada la vocación silente de la palabra: lo que importa es su contenido cerebral, lo que transmite en el interior de cada lector, su capacidad -como decía con grandilocuencia un payaso con doctorado que conocí alguna vez- para “cambiar al mundo”.

Resulta que cuando la palabra está escrita, es una, y, cuando es dicha, es otra. No lo digo yo, lo dicta la experiencia. Por ejemplo: ¿sirve de algo leerse en la biblioteca los famosos discursos del fundador de la Falange Española, el después llamado Ausente, José Antonio Primo de Rivera, más allá de aprender la efectividad de una técnica para hacer sentir nacionalismo del gutural? ¿Qué conocimiento adicional al de las emociones puede extraerse de ello? Lo mismo podría decirse de las arengas del Duce, Benito Mussolini, hombre que sabía hacer creer que invocar la gloria de la antigua Roma en su presente haría a Italia participar como actor principal en la política internacional. Mussolini, nuevo Julio César. Y, en un caso algo más cercano, el de Fidel Castro, ¿qué doctrina tenían sus machacones discursos antimperialistas que no hubiera sido ya puesta de manifiesto a través de, digamos, sus acciones estratégicas contra la base militar yanqui de Guantánamo?

Acaso, en este último caso, todo lo que el Comandante quería decir se resumía cuando su voz, de habitual chillón, cobraba cierta robustez inesperada y se despeñaba en un rugido de “¡Siempre!” que atravesaba las noventa millas náuticas y le llegaba clarita al tímpano a la Gusanera de Miami, y seguía de largo hasta Washington, donde, en efecto, “nunca” supieron muy bien qué hacer con aquel caballero. El deje de guerra de Fidel era un mensaje, una advertencia en forma de tonada de fondo.

Estas muestras habría que contrastarlas con los valiosos textos de la ciencia política que se encargan de estudiar a aquellos líderes de masas. Si bien podría tratarse de lecturas muy provechosas, sí, ¿alguien se imagina leerlas a viva voz, en frente de multitudes, sin que estas se duerman de pie? A nadie se le ocurre esto, pues la palabra cuando es hecha para ser oída, como en el caso de la música, y tal vez de la poesía, no tiene la obligación de desarrollar más pensamientos que aquellos que permiten, con su astuta estructuración, llegar al culmen de las inteligencias: sacudir al punto de la vibración las creencias hasta ese momento reconocidas, aceptadas y acatadas, y precipitar su cuestionamiento. No será “cambiar al mundo”, como dicen, pero es el real inicio de ello.

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