Límites del poder

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Escrito por:

Cecilia Lopez Montaño

Cecilia Lopez Montaño

Columnista Invitada

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En una democracia, por imperfecta que sea, el poder ejercido desde el Estado tiene límites, y cuando estos se violan la ciudadanía entra en pánico que expresa de distinta manera.
Esto es lo que está sucediendo en estos momentos en el país. Las diversas marchas que se están organizando en diferentes ciudades obedecen a la sensación, con fundamento, de que en los tres poderes, el Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial, se está actuando violando precisamente estos límites. La explicación clara es que la población colombiana, al menos amplios sectores, tienen la convicción de que se están eliminando los pesos y contrapesos que garantizan que funcione como debe ser la democracia.

El presidente Duque desconoce decisiones de la Corte; el expresidente Uribe ejerce desde el Legislativo, el control de la cabeza del Ejecutivo, y el Fiscal se entromete en el Ejecutivo y cuestiona las decisiones del resto del Judicial. Y todo en aras de entorpecer, por llamarlo de una manera suave, el proceso de paz, el desarrollo del esperado posconflicto que los colombianos han esperado por décadas.

Esta interferencia, esta pérdida de independencia de las bases del manejo político del país, han llenado la copa de muchos y lo más grave es que el presidente de la República parece vivir en otro medio, donde todo funciona de acuerdo a lo que el personalmente y sus seguidores, quieren y creen lo más conveniente para sus objetivos. Pero la realidad es otra y las múltiples expresiones de insatisfacción que se observan, así como razones para el recrudecimiento de la violencia en varias zonas del país, confirman la necesidad de que el gobierno acepte la realidad.
El problema de fondo es que el Centro Democrático que hoy ostenta el poder, está actuando como si el poder no tuviera límites.

Claro que tanto el presidente Duque como sus seguidores obtuvieron un inmenso número de votos, pero eso no le otorga ni a él ni a su partido el derecho de sobrepasarse, como de hecho está sucediendo. ¿Puede un senador insultar en medio de un debate político, a un compañero del Congreso, como lo ha hecho la senadora del Centro Democrático, Paloma Valencia? ¿Puede un director de un partido anunciar acabar con la JEP, como lo hizo el expresidente Uribe?

Pero más aún ¿puede el presidente del país negar las implicaciones de sus palabras, como lo ha hecho el presidente Duque al no vislumbrar que ha divido al país con sus posturas y que ha creado un choque de trenes entre el Ejecutivo y el Judicial?

Lo que está en juego es la democracia colombiana y por ello hay un profundo malestar que debe ser reconocido y enfrentado por parte de quienes tienen hoy el poder político. Es fundamental que se acepte que a todos los colombianos nos interesa que el Estado recupere la gobernabilidad y no que el país quede en medio de la desconfianza y de inseguridad política. Por ello es necesario hacer un llamado a quienes ostentan el poder para que entiendan que es hora de aceptar que ese poder tiene límites.

Es necesario aceptar que si no se tienen en cuenta los límites existentes en la democracia, se deforma tanto su esencia, como su misma estructura, y si bien la realidad es que América Latina ya pasó la página de los regímenes dictatoriales, países como Nicaragua o Venezuela han caído en sistemas de democracias dictatoriales, una dinámica política que nadie quisiera vivir en Colombia.
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