El caso de las empanadas

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Luis Tabares Agudelo

Luis Tabares Agudelo

Columna: Opinión

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En Londres, Inglaterra, el 26 de agosto de 2017 cocinaron una empanada de 153,1 kilogramos obteniendo así el Récord Guinness a la empanada más grande del mundo.

En Bogotá, la semana pasada un grupo de estudiantes y amigos entre sí, se dirigían a un puesto de empanadas a desayunar con una suculenta de papa con carne. Pero con el agravante de que el antojo les costó 884.000 pesos por el comparendo que según la Policía Nacional se hicieron merecedores.

En mi caso se ha vuelto una muy agradable costumbre salir los sábados en la tarde con mi familia al puesto de hamburguesas de la esquina del barrio a pasar un rato y comer una o dos para no cocinar y darle un descanso a nuestra ama y reina de casa. No tiene local, solo un parasol para vender en época de sequía porque en época de lluvias no puede salir. Sin embargo, la señora muy orgullosa dice que el negocio le ha dado para levantar y darles estudio a sus cuatro hijos.

En Santa Marta en una esquina de la avenida el Libertador cerca al museo de la Quinta de San Pedro Alejandrino venden las mejores arepehuevo y empanadas que me haya podido comer en este mundo, por encima de las que venden en el parque de Envigado que tienen fama a nivel mundial de ser las más sabrosas.

Lo mismo ocurre en Riohacha con un puesto callejero donde todos los días el vendedor nos ofrece los mejores ceviches de camarón con ostras, cangrejo y jaiba. Estos son más sabrosos que cualquiera de los preparados por los peruanos que según el paladar de muchos expertos son los mejores del mundo.

En Maicao, sale don Juan Iguarán en su triciclo con cuatro ollas repletas de friche, cazón, chivo asado o guisado y arroz. Todos los días regresa a su casa con las ollas raspadas porque su clientela fiel lo espera que pase a la hora del almuerzo. Y qué decir del rico peto en toda la Costa Caribe o la mazamorra en Antioquia que en ambas partes es vendida por personas en triciclos que van pregonando su cantar que se escucha desde lejos.

Y, me podría quedar enumerando cientos de casos de colombianos que sobreviven con sus ventas callejeras que muchas veces son en la acera de la casa o de las Acciones Comunales donde personas asociadas han construido la caseta comunal, la cancha, el alcantarillado del barrio y hasta la escuelita a punta de la venta de empanadas.

El presidente Santos nos dejó la ley 1801 de 2016 dando un vuelco a las relaciones entre la policía y los colombianos: El nuevo código de policía.

Precisamente, hay que ser justos al afirmar que no se reformaba desde hacía 40 años. Y, además, se buscó darle nuevas armas a la policía para apaciguar -según nuestros legisladores- el “desbordado desorden ciudadano”. Sin embargo, han sido muchos los temores de la ciudadanía debido a la dureza de varios artículos de esta ley.

De otra parte, el Legislativo debe ser muy prudente y analizar de fondo todas estas leyes que van en contra de arraigadas costumbres de los colombianos para no poner a la Policía Nacional a pelear con los ciudadanos. También, de vez en cuando nuestros legisladores deben poner sus pies sobre la tierra y salir a las esquinas y semáforos a ver a miles de colombianos y venezolanos vendiendo dulces o haciendo malabares para ganarse el pan de cada día por falta de oportunidades laborales dignas.

En ese escenario, la relación entre policía y ciudadano debe ser de concordia, confianza, armonía, que a la ciudadanía le dé alegría -no temor- ver llegar o pasar la patrulla porque todo debe ser posible en un país donde todos los días miles de personas salen a vender en puestos callejeros para ganarse el sostén de la familia y a apoyarse en la economía naranja de la que tanto se siente orgulloso nuestro presidente Duque. 

Se puede concluir que solo falta que los jóvenes colombianos inscriban el caso en los récord Guinness para que compartan Inglaterra y Colombia algo más en sus relaciones bilaterales: las empanadas; una más grande y la otra, más cara… del mundo. 

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