Carne de cañón

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Tulio Ramos Mancilla

Tulio Ramos Mancilla

Columna: Toma de Posiciones

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Tomando en cuenta los matices religiosos de Medio Oriente, merced a los cuales la incógnita se ha despejado igual una y otra vez (por allí, unos gobiernos viven pendientes de los otros, a ver cuál rama del Islam llega al poder en el Estado de al lado, para de esa forma saber si eso se puede convertir o no en una amenaza política interna), después de la Revolución iraní de 1979, contraria a los “valores” occidentales, en 1980 los Estados Unidos animaron a su entonces compadre árabe, el iraquí Saddam Hussein, a invadir a Irán.

 El conflicto duró ocho años, y fue, desde luego, sangriento, devastador. A pesar de que se dice que no hubo un claro ganador final, los hechos dictan que los árabes no pudieron derrotar a los bravos persas, y por eso sería más adecuado aceptar que el que se impuso en verdad fue Irán, porque el invasor, Irak, no logró su objetivo. Pero los gringos no reconocieron esto, claro: para ellos fue un stalemate: un empate.

En plena guerra entre Irán e Irak, hacia 1985 y 1986, los amigos yanquis, que no apuestan a un solo caballo, vendieron armas de las suyas a los iraníes, lo cual produjo la modesta ganancia de cuarenta y siete millones de dólares de la época. Una fruslería para Wall Street, pero no así para Latinoamérica. Después de que esa plata pasara por Suiza, terminó, gracias al talento del célebre coronel Oliver North, en la vitualla de los Contras nicaragüenses, los contrarrevolucionarios, paramilitares que iban por el gobierno sandinista, como lo quería el cowboy Ronald Reagan. Una jugada “limpia”: la plata de las armas vendidas no ingresó a Estados Unidos, nunca fue presupuesto militar; por lo tanto –se habrán dicho North y Reagan, sonrientes-, ¿cuál imperialismo? La asistencia a los Contras que no era dinero, sino armas, la introdujeron los norteamericanos a Nicaragua por aire, disfrazada de “ayuda humanitaria”. ¿Suena familiar?

Si el gobierno de Donald Trump interviene en Venezuela, lo hará a través de la obsecuente Colombia de hoy. Si los gringos vienen y hacen su desastre, y no pueden con Nicolás Maduro (pues Maduro bien podría tener intenciones de inmolarse, si hace falta), el problema de la guerra residual, ahora ya una binacional, le quedaría al pueblo colombiano. Y si hay una guerra entre Colombia y Venezuela, la situación sería muy pareja militarmente, dicen. La página web Global Fire Power informa que Colombia ocupa el puesto 45 en el ranquin bélico mundial, y Venezuela el 46; que aquí hay 24.000.000 de hombres disponibles, mientras allá tienen 14.200.000; que pagamos impuestos para medio millón de soldados, y, ellos, para 123.000; que triplicamos su presupuesto de defensa; que octuplicamos el monto de sus reservas internacionales; que casi duplicamos el número de sus aeronaves de combate; y que, en materia de misiles, helicópteros de ataque, tanques, y, por supuesto, reservas de petróleo, perdemos de lejos.

Podría tratarse de otro falso stalemate, tal guerra. Como la de Irak e Irán. Colombia encarnaría al vencido Irak (que USA pulverizó quince años después); e, Iván Duque, ¿a Hussein? No: Saddam se había hecho a sí mismo, al menos. Tenía fuerza. Si Duque no puede ni coordinar un gobierno, ¿podrá comandar una guerra? Tal vez sí, con Uribe cerca: será cuando los uribistas se animen a pelear en esa confrontación que ansían, y les toque el turno de ser carne de cañón

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