Sobre armas y deserciones

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Escrito por:

José Vanegas Mejía

José Vanegas Mejía

Columna: Acotaciones de los Viernes

e-mail: jose.vanegasmejia@yahoo.es

Las armas, convertidas en elemento mercantil, están presentes en todos los conflictos bélicos del mundo.

Una de ellas, en forma ingenua aparece en la Biblia: Caín, con una quijada de burro atacó y dio muerte  a su hermano Abel. Pero el relato del Antiguo Testamento es solo una alegoría. Durante el desarrollo de la humanidad las armas han sido instrumentos indispensables para disuadir al enemigo, para someterlo y finalmente aniquilarlo. La ley del más fuerte no se conocería si no fuese por el poder representado por las armas, sobre todo, las armas de fuego. Las primeras referencias de armas de fuego vienen de Asia, donde parece ser que ya en el siglo XIII los chinos utilizaron una especie de pequeños cañones construidos en bronce, usando pólvora para impulsar proyectiles. Europeos y árabes empezaron a emplear armas de este tipo en el siglo XIV.

     Hace años, después de leer y analizar la novela “Adiós a las armas”, de Ernest Hemingway, captamos el mensaje que el narrador estadounidense dejó plasmado en esa obra universal. El autor, que participó en la primera Guerra mundial, dejó constancia de la barbarie que se vive en las acciones bélicas. Toda la novela no es sino una invitación a la deserción. Considera él que esas confrontaciones demenciales nunca obedecen a propósitos sensatos y, aunque su participación en esa gran contienda se limitó a conducir ambulancias militares del lado de los Aliados, su testimonio no deja de afectar el ánimo del lector.

     Otra manifestación de rechazo a las guerras y al armamentismo en general podemos encontrarla en la actitud de Muhammad Alí, el boxeador que se negó a prestar el servicio militar en el ejército de los Estados Unidos. Con el argumento de que su conciencia no le permitía matar a un ser humano, prefirió purgar una condena de cinco años y sufrir el despojo de sus títulos mundiales ganados con sobrados méritos. ¿Quién se atreve a pensar que el púgil más grande de la historia fue un cobarde? Por el contrario, merece elogio su actitud: enfrentarse solo, y triunfar, ante todo un país de vocación pendenciera.

     En estos tiempos de inestabilidad en todos los aspectos de la vida, no faltan ráfagas de vientos guerreros que se cruzan en todas direcciones. Los colombianos no estamos exentos de estos peligros; las voces guerreristas en forma solapada pretenden conducirnos a confrontaciones con resultados imprevisibles. Fácil es proponer y patrocinar desastres desde una trinchera segura y observar los resultados cuando nadie de la familia se encuentra expuesto a la muerte. “Así… ¿quién no?”, nos dice al oído el Viejito Intruso que nos asesora en nuestros artículos periodísticos y sabe bien a qué políticos se refiere.

     Por último, cerremos esta columna con el recuerdo de un famoso escritor francés, autor de una canción considerada himno mundial en contra del armamentismo. Boris Vian (1920 – 1959) fue novelista, dramaturgo, poeta, músico de jazz (tocaba trompeta), ingeniero, periodista y traductor. Una obra famosa de Vian es la novela “Escupiré sobre sus tumbas”, escrita en 1946. El año siguiente escribió “La espuma de los días”. Su espíritu rebelde quedó plasmado en su canción “El desertor”. He aquí un fragmento: “Señor Presidente: Le he escrito una carta que tal vez pueda leer si dispone de un poco de tiempo. Acabo de recibir los documentos para ir al servicio militar, y partir hacia la guerra antes de la noche del miércoles. Señor Presidente: No quiero hacerlo. Yo no he venido a este mundo para matar a la pobre gente: No lo digo para enojarlo, pero tengo que confesar que he tomado una decisión y voy a desertar”. Más adelante concluye: “Si hay que dar la sangre vaya usted a dar la suya, usted que es un buen apóstol, Señor Presidente”.

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