Radionovelas

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Escrito por:

Hernando Pacific Gnecco

Hernando Pacific Gnecco

Columna: Coloquios y Apostillas

e-mail: hernando_pacific@hotmail.com

Es de noche y no hay energía eléctrica en el sector. Mi padre y yo entramos a la cocina de su casa a preparar un café.

La mucama, una mujer mayor, ofrece hacerlo. Le pregunto si sabe algo del regreso de la luz. “No señor, no han dicho nada, imagínese. Estamos igual que en el pueblo, sin luz, alumbrando con velas y sin saber cuándo vuelve”. “Sólo falta el radio con una radionovela y quedamos igualitos”, le respondí. Tras sonoras carcajadas, la conversación recuerda aquellos tiempos cuando la radio reinaba y las radionovelas dominaban la sintonía. Esas producciones marcaron toda una época con un mágico encanto que superó de largo a las actuales telenovelas; la imaginación del oyente fabricaba personajes, historias y escenarios; divas y galanes imaginarios eran idealizados.

Los mayorcitos recordarán “El derecho de nacer”, la primera y muy exitosa radionovela, llevada después a la televisión; provino de Cuba cuando la isla era faro en temas artísticos y culturales en América. De allá vino también el detective Chang Lee Po. “Kalimán el hombre increíble” nació en México pero en Colombia alcanzó sus más elevadas cumbres, dando para una película y comics que se vendieron durante 25 años. ”Serenidad y paciencia, amigo Solín” era su frase icónica. “Renzo el gitano”; Kadir el árabe”, “La ley contra el hampa” y muchas otras dominaron el espectro radial en Colombia. La radio emitía historias en capítulos diarios de lunes a viernes, mañana y tarde, eran narraciones descriptivas, rimbombantes y dramatizadas que conducían el relato atrapando al radioyente; eran voces actorales espléndidas, escogida música de fondo y teatrales efectos sonoros fabricados con mucha imaginación y pocos recursos: tarros, madera, agua, arena, cadenas, papel, cocas, zapatos y variados objetos que producían sonidos innumerables e increíbles. Los sonidistas eran verdaderos genios: creaban eufonías al compás de la obra. El trabajo hogareño se paralizaba y más de una vez las comidas se malograron. Hombres y mujeres las escuchaban por igual; traspasaron todos los estratos sociales y eran tema de conversación social.

En Latinoamérica encuentra su auge en la década de los 40; se transmitían hasta cinco radionovelas por día, desde México hasta Argentina. España e Inglaterra se unen, y la BBC emite en 1955 “El señor de los anillos”. El apogeo en Colombia es tardío pero contundente. Desde los años 50 a los 80 dominó el escenario radial convirtiendo la radio colombiana una de las más importantes del mundo. Todelar era el referente y Caracol la competencia. Fabio Camelo, Erika Krumm, Mercedes León, Silvio Ángel y Fulvio González fueron actores de primera línea entre muchos de los importantes. Julio Verne, Emilio Salgari, Dostoievski, Hemingway, Víctor Hugo y Vargas Vila referenciaron a los libretistas. Gabito fue uno de sus cultores y la influencia de la radionovela llegó hasta Almodóvar vía telenovelas. Es la vida real, dramatizada, visceral, sobreactuada; toda una muestra de nuestra idiosincrasia.

El radioteatro, otro ícono de entonces, era su competidor directo; nos vino de Argentina. Ninguno de estos géneros era pregrabado: se transmitían en directo, y la capacidad de improvisación ponía a prueba el talento actoral. El radioteatro alcanzó su auge de manera paralela a la radionovela. Ambos fueron formas de entretenimiento en todo el mundo.

La irrupción de la televisión y las telenovelas mexicanas, Natacha y Esmeralda principalmente, marcaron el declive de las radionovelas al punto de nunca levantar sintonía y desaparecer del panorama artístico. La televisión a color fue el puntillazo. Hay quienes recuerdan con afecto y nostalgia al exitoso género; ha habido intentos por rescatar esos géneros, nada afortunados. Hace casi dos décadas, Caracol quiso revivirlos, RCN La Radio más recientemente lo intentó. La exitosa telenovela “Betty la fea” del recientemente fallecido libretista Fernando Gaitán logró algo insólito: unir simultáneamente la transmisión televisiva y radial. Quienes no podían ver la serie, la seguían por la emisora a modo de radionovela.

Pero los tiempos han cambiado y la televisión con sus fantásticas producciones es la que rige. Internet incursiona vigorosamente con los streaming y series variadas; los ilimitados contenidos digitales atrapan, y los televisores inteligentes conectados a Internet ofrecen abundantes opciones, conectando todo el orbe desde una pantalla. Pero jamás podrán superar el encanto de las radionovelas; ahora no hay nada que imaginar, excepto nuestra política nacional, que parece una radionovela moderna en vergonzosos capítulos diarios.

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