Prohibición de portar armas: otro cuento rechimbo del gobierno

Columnas de Opinión
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Escrito por:

José Noriega

José Noriega

Columna: Opinión

e-mail: jmartinnoriega@hotmail.com

“No creo que seamos parientes muy cercanos, pero si usted es capaz de temblar de indignación cada vez que se comete una injusticia en el mundo, somos      compañeros, que                es más       importante” (Dr. Ernesto Guevara de la Serna, “El Che”)

Al finalizar el año, en un supuesto acto de generosidad con el respeto a la vida, el nuevo gobierno sorprende a la población con otro cuento rechimbo, acaba de prorrogar por un año más la restricción en todo el territorio nacional del porte legal de armas, obviamente sin lograr entender todavía qué significa la palabra territorio nacional, por cuanto en la geografía colombiana sigue habiendo territorios vedados para la fuerza pública y acantonados y gobernando en muchos de ellos autoridades ilegitimas que siguen imponiendo su voluntad sin que para nada los alcance la fuerza coercitiva de un estado medroso y falto de agallas para que la sociedad se sienta tranquila y protegida.

Dicen algunos expertos, -no sé, expertos en qué-, si en la vida o en las armas, que la medida ha logrado atenuar y disminuir el uso de las mismas y ello ha dado, según ellos, un balance positivo, máxime en un país como el nuestro en donde la intolerancia es la reina del estado anímico de quienes las portan y todo ello desemboca en un  desenfreno para su uso y pretenden seguir imponiendo la ley del más fuerte y avasallar a un estado impotente de garantizar ese postulado constitucional de “salvaguardar la vida, honra y bienes de los ciudadanos”, que no es sino pura carreta.

Para redondear, el referido Decreto 2362 de 2018 reitera que se mantiene suspendido los permisos para el porte de las armas en el territorio nacional, y que el derecho a autorizaciones especiales se mantiene, por cuanto, -en una frase risible y vergonzosa-, el monopolio de las armas debe estar en manos del Estado y es aquí en donde la puerca tuerce el rabo, porque un estado blandengue y pusilánime como el nuestro no sólo no mantiene su autoridad, sino que por el contrario, se explaya en conceder beneficios y permisos especiales a quienes considere que deben protegerse y defenderse de cualquier ataque, y es aquí en donde surge nuevamente la misma duda de siempre, esa permisividad que se reitera y plantea, acaso no ha sido la génesis de lo que en el pasado embrionaron las autodefensas y cuyas consecuencias aún seguimos padeciendo los colombianos y desde todos los puntos cardinales de la geografía nacional el padecimiento ha sido tortuoso y preñado de la maldita violencia que tantas vidas ha arrebatado.

Incluso algunos integrantes de la “secta democrática” solicitaron al gobierno que flexibilizara los salvoconductos para el porte de armas de fuego, en una absurda petición que nadie entiende, pero todos sabemos hacia dónde señala, con lo cual seguimos patinando en una administración política que simplemente se muestra sesgada a la protección de los interés de los más poderosos o de su cofradía, porque si fuese verdad que el monopolio de las armas sigue estando en manos del estado, entonces cómo se explica que la violencia no haya parado, aunque parezca haber amainado un poco, pero ello puede ser consecuencia de un efecto de reagrupamiento mientras barajan nuevamente el naipe y desde sus distintos puntos de operación la emprender otra vez contra una sociedad que ya no sabe para dónde coger, pero con la certeza y sabiduría de que el estado no los va a defender, por cuanto anda distraído en otras tonterías.

Seguimos sin entender cómo nos regocijamos ante tamaño esperpento  o remedo de autoridad, habida cuenta que la violencia sigue su rauda marcha y sin dar tregua, mientras la desprotegida sociedad es arrinconada cada vez más y sin un ápice de credulidad ante un gobierno igual a los anteriores, que no sabe para dónde coger ni qué hacer, y sencillamente quiere mostrarse como el reconstructor de una gobernanza diezmada y corroída, en donde sigue campeando la corrupción flagelante y en donde los mismos de siempre quieren perpetuarse en el poder y seguir mandando como capataces de esta finca llamada Colombia, haciendo lo que les viene en gana, poniendo y quitando a su antojo a los mismos peleles y mequetrefes a su antojo, todo con el ánimo de hacer como los gatos, que le tapen sus porquerías y pasar de agache ante las responsabilidades que pronto habrán de pasarle cuenta y pagar por todas sus fechorías. 

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