Simbología oculta en el arte (I)

Columnas de Opinión
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Escrito por:

Hernando Pacific Gnecco

Hernando Pacific Gnecco

Columna: Coloquios y Apostillas

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El arte nunca deja de sorprender. Más allá del valor estético y el mensaje de primer plano, hay en ciertas obras un lenguaje artístico que, una vez descifrado, nos conecta con la obra y el autor. Muchos lienzos esconden códigos; el Renacimiento es pródigo en pinturas que van más lejos de lo simplemente figurativo.

Para encontrarlos se necesita mucho conocimiento del arte y la historia, capacidad analítica, ojo avizor y hasta una mente un tanto retorcida. Descifrar esos acertijos escondidos en las obras es para iniciados.

En el Renacimiento, la Iglesia Católica era mecenas de los mejores talentos de la época. Tan incuestionable fue su poder que, además de coronar a los reyes europeos, ejercía magna soberanía sobre los ciudadanos, prácticamente obligados a esa religión. Cualquier falta a la institución podría ser el final de una persona: desafectado por la Iglesia tendría por destino el ostracismo, la cárcel o la muerte. Las artes casi siempre cruzaban los temas religiosos y era impensable cualquier otra manifestación. Así, podemos entender el porqué de los simbolismos y hasta cabronadas en los entresijos de las obras.

Entre tanta obra magistral que se aprecia en el Vaticano, los visitantes se deleitan con la cúpula de la Capilla Sixtina, obra de Michelangelo. El impresionante fresco del domo muestra la más célebre pintura: la creación de Adán. La cúpula que cubre a Dios y los ángeles es en realidad un cerebro humano con sus estructuras anatómicas, y puede tener varias interpretaciones. ¿Qué quiso mostrar el genial pintor colocando a Dios dentro el cerebro humano? Devánense los sesos, queridos lectores: nadie lo sabe. El estudio de la anatomía era prohibido por esos tiempos. No solo eso; el Papa Julio II encargó la obra y siempre hubo tensión entre el Papa, de enorme ego, y Michelangelo. De modo que el genio, para ganarse a Julio II, decidió incluirlo en la pintura encarnado en el profeta Zacarías; detrás de él hay dos ángeles, uno de ellos haciendo el clásico “higo” (el dedo pulgar entre el índice y el medio) dirigido a su nuca, gesto demasiado obsceno para la época; nadie se percató de ello. Treinta años después, el artista fue llamado para pintar el Juicio Final, y allí ridiculizó con una grotesca figura a su crítico, Biagio de Cesena, maestro de ceremonias del Papa, representándolo en el rey Minos camino del infierno. El día de la inauguración hubo tantas risas que Cesena suplicó al Papa que sacaran su rostro de la pintura. El Papa le dijo: “Hijo mío, el señor me ha concedido las llaves para gobernar el cielo y la tierra. Si quieres salir del infierno, habla con Michelangelo”. Genio e irreverente mayúsculo fue Buonarroti.

La Gioconda guarda varios misterios: en el ojo derecho, visible mediante microscopio aparecen las letras LV (¿Leonardo da Vinci, su firma?) y en el izquierdo, CE, sin descifrar hasta ahora. También, los números 149 y otro muy borroso, que sugiere el año en que realizó la obra magna. Pero hay otras Mona Lisa, además de la del Museo del Louvre. Se encuentra otra en el Museo del Prado, y se cree que son un par estereoscópico; colocado una al lado de la otra se genera un efecto de profundidad. El genio de genios usaba gafas coloradas y ello apoya esta teoría. ¿Da Vinci también experimentó con las imágenes 3D? Definitivamente, la verdadera inteligencia inigualable. Hay una tercera Mona Lisa, llamada la de Isleworth por lugar de residencia de Hugh Baker, el coleccionista que la descubrió. Todo indica que es anterior a la del Louvre, y sería una pintura sin terminar de Lisa Gherardini.

El retrato de Mozart, posiblemente de Pedro Antonio Lorenzo, sugiere que el genial músico de Salzburgo era cercano a la masonería. La mano izquierda dentro de la chaqueta es un símbolo masón que demuestra respeto hacia esa organización y hasta el grado dentro de ella.

La famosa pintura “Terraza de café por la noche” de Vincent Van Gogh, afirman algunos, es una representación de la Última Cena. Jesús está de pie, detrás hay una cruz y los doce comensales, los 12 apóstoles, sentados. En una carta, le dijo a su hermano Theo que el mundo tenía una enorme necesidad de religión y que, como Rembrandt, usaría sutiles simbolismos religiosos.